lunes, 2 de noviembre de 2015

LOS GUIÑAPEROS, O EL TIEMPO EN QUE VIVÍAMOS EN UN MUNDO APARTE. Por Salvador Navarro Fernández



                              LOS GUIÑAPEROS*

O EL TIEMPO EN QUE VIVÍAMOS EN UN MUNDO APARTE. (Dedicado especialmente a la gente de mi generación)

Las “perras gordas”, o sea, los diez céntimos de peseta.
      Eran tiempos de trueque. El dinero circulante escaseaba  absolutamente. Se cambiaban cosas por cosas. No es que el ahorro fuera el motivo. No. Es que no había, apenas, monedas; ni mucho menos, billetes, disponibles para el escaso comercio local. Circulaban, si acaso, las “perras gordas”, o sea, los diez céntimos de peseta, y los cinco céntimos o perrillas, que juntas, alcanzando los veinticinco céntimos, hacían el célebre real del ramito de violetas cantado por Sarita Montiel y antes por Olga Guillot.  
 
Y estaban hechas de aluminio, creo que sólo de ese metal. Su ley no llegaba al bronce de las monedas antiguas –pues no lo permitía la economía de postguerra- y, aunque habían superado al humilde cobre, tampoco lo mejoraban demasiado en kilates. Algún tiempo después llegó la revolucionaria moneda de dos reales con un orificio central –como lo había tenido el real- que sirvió más tarde para ensartarlos en un alambre, de “bote” en los bares, en aleación más consistente que aquel aluminio mate de la perra gorda. 
 
Hacía unos años, pocos, que se había acuñado “la rubia”, en 1947, la peseta de latón, con la efigie de Franco basada en un retrato que le hizo Mariano Benlliure y después en otro de Juan de Ávalos. Pero aquella rubia no llegaba a los bolsillos de mis paisanos fácilmente. Y las que llegaban estaban previamente “gastadas”, destinadas en la mayoría de los casos, al pago de las “trampas” pendientes, en la tienda donde hubieras pedido “fiao” lo necesario para comer, días o semanas antes de que le pagaran al marido o a los hijos los jornales echados en la cava de los huertos de los principales propietarios de tierras de Overa, o en otras faenas. 
 
Algo parecido pasaba con los billetes, de los cuales conocíamos el de una peseta, representando al marqués de Santa Cruz engolado, emitido por la Fábrica Nacional de Moneda y  Timbre con la leyenda “Banco de España, Una peseta de curso legal”, con un reverso dedicado a una galera o velero, todo en color marrón-burdeos.
O la que portaba en el anverso el escudo nacional y la leyenda “El Banco de España pagará al portador Una peseta”, con la efigie de un Don Quijote en el reverso; y alguna vez vimos los de cinco, o sea, los duros, no tan famosos como los que tanto en Cádiz dieron qué hablar, pero casi, que si eran de plata –que nadie tenía- los llamaban “del tío sentao” (o sea, una figura femenina sedente portando una rama de olivo, representando a la República).
 

      Esta escasez de moneda, impulsaba el intercambio directo de mercancías. Por ejemplo, media docena o una docena de huevos puestos por las cuatro gallinas criadas en la calle y cuya alimentación apenas costaba nada, podían servirte para conseguir el bacalao para las habas, la media libra de aceite para la comida de guiso o frito, o el medio kilo de arroz necesario, básico cereal en la dieta de la época. Ese intercambio era frecuente en la tienda del barrio.  Pero donde alcanzaba un uso  sistemático era en las ocasiones en que aparecía por los caminos pedregosos la figura del guiñapero, personaje pintoresco visto desde los ojos de hoy, inimaginable ahora, pero muy real en los años cincuenta en mi vecindario. El que nos visitaba a nosotros habitualmente era “Juan, el guiñapero*” o “el quincallero”, un buhonero llamado en otros lugares, trapero o incluso “cosario”, posiblemente aludiendo a la gran cantidad y variedad de cosas útiles para los quehaceres domésticos comunes, que vendía o cambiaba.


      Llegaba cada cierto tiempo desde el pueblo vecino de Huércal, andando los seis o siete kilómetros que separaban ambas localidades según el camino que utilizaras, cargado con una cesta de mimbre al brazo, repleta de objetos heterogéneos: los molinillos de viento o remolinos, girando mientras nuestro personaje se movía andando con aquel vaivén propio de las personas que padecen alguna alteración en la columna o en la cadera, recogiendo todos los tonos del arco iris, y que eran las delicias de los chiquillos, por lo vistoso de su forma y color,  y su gracia al moverse circularmente creando aquel atractivo encanto de lo que  gira, especialmente si no ves la “mano” que lo mueve;  espejos rectangulares, siempre iguales, con un soporte posterior de alambre para que adquirieran estabilidad y posibilidad de ser colgados de una púa o clavo en la pared, útiles y constantes en el afeitado, con una humilde tabla de madera reforzando el cristal del espejo, siempre pintada de amarillo, con unos ángulos de pletina plateada en las cuatro esquinas para evitar el desplazamiento del cristal y proteger al usuario de posibles cortes al cogerlo; los “bartolicos”, muñecos articulados en piezas de cartón decorado con dibujos graciosos, como sujetos a una barra o cucaña y provistos de un hilo o cordel que les hacía subir y bajar a lo largo de aquella “pértiga” de junco, muy gimnásticamente, como trepando por el palo y que nos dejaban a los pequeños embobados; unos “pitos-clarinete” o silbatos de dos o tres notas, torneados en madera barata, pero pintados y acabados de manera artística para hacer felices a los infantes y mortificar a algún mayor cercano; 
 
“mixtos tostoneros” consistentes en unas tiras de papel impregnadas de pequeñas cantidades de masa explosiva aunque  controlada que, frotándolos contra la pared creaban un ruido atronador y despedían un fuerte olor a azufre o a pólvora, que sería el componente principal de aquel entretenimiento infantil, aunque también debería de llevar fósforo, por lo brillante y visible de su huella, en la oscuridad; agujas de distintos tamaños y anchura de ojo, pinchadas en serie en tiras de papel blanco (“¿Qué llevan los quincalleros? ¡Abujas! ¡Como veas, que clujas!”-decíamos al iniciar el juego de la “gallinica” ciega), igual que los alfileres de todos los colores, con aquellas cabezas tan perfectas, lisas y agradables al tacto que después las mujeres, al hacer aquel dificilísimo y artístico encaje de bolillo manipulaban con tanta destreza y maestría; alguna pastilla de jabón de olor; bobinas de hilo para coser, envueltas en un canuto de papel poco consistente; globos de mil colores que atraían la atención de todo el mundo al inflarlos  y otro tanto al explotar con la inevitable tristeza y susto del niño dueño de aquella esfera de aire presa en una funda de goma sutil; cohetes minúsculos sujetos a una varilla de junco seco, listos para mandar a la luna y que acababan su trayectoria a escasos metros de su base de lanzamiento (¡Si nos hubiera visto Von Braun, que estaría entonces ya a punto de ser empleado de la NASA…!); petardos que “petaban” explotaban con enorme estruendo.
 
 Barajas infantiles españolas a tamaño reducido, pues hasta entonces no se habían introducido las que se usaban en Las Vegas ni nosotros sabíamos de la existencia de  más  vega que el Pago de nuestras batallas con las frutas y los árboles de nuestra tierra; barajas, en más o menos fiel reproducción de aquellas de Heraclio Fournier  que llenas de grasa y gastadas por el uso, manoseaban los adultos jugando al truco, la brisca o el “subastao” en el reservado de algunos bares de mi tierra; ranas de chapa metálica para dar la castaña a los mayores y ser reprendidos por ello; mechas de algodón recubiertas de polícromos hilos para yesquero y piedras para el mismo artilugio encendedor de “lumbre” para los cigarros liados. 


Pelotas de badana rellenas de serrín, cosidas a mano y sujetas con una larga goma elástica para atar al dedo corazón y lanzarla y recogerla alternativamente, que las niñas manejaban con envidiable maestría. Botones de presión, gafetes, imperdibles,pai-pais para airearse. Y otras tantas cosas similares, de utilidad o entretenimiento de la chiquillería, dificilísimas de conseguir con los escasos medios económicos que teníamos para consumir; codiciadas  mercancías, inasequibles. Toda aquella quincallería envuelta en un aroma especial desprendido por los vapores de barniz, pintura, pólvora y jabón.  Pero  ¿dónde había entonces un supermercado-ferreteria-mercería (de  “merc-ado”) a domicilio más práctico y cómodo?  Y, lo más importante: ¿dónde se podía conseguir el medio de pago de aquellos objetos de consumo?


         Pues había dos fuentes de recursos: el dinero, del que no se disponía en general, y el intercambio de objetos de “valor”. Dichos objetos de cambio solían hallarse entre lo más olvidado de la casa. Y consistían en ropa vieja si la había, restos metálicos de lo que fuera, hierros viejos y oxidados, suelas de goma de alpargatas usadas y de imposible arreglo (“apargates” en nuestra particular forma lingüística), y cualquier resto de utensilio metálico o prenda de vestir, inservible incluso para hacer con ella tiras de jarapa. Todo ello era empleado en el trueque entre el comerciante y el cliente atendido a domicilio, con la mayor comodidad del mundo para el último, porque el agente de la operación de intercambio, el trapero, después de embolsar todos aquellos inútiles trastos que habían sido moneda de cambio, en un saco, y una vez desmantelada la cesta de mimbre de tantos adminículos y fruslerías como había transportado, volvía de nuevo andando otros seis o siete kilómetros hasta su casa, probablemente con muy pocas reservas de energía en su cuerpo, pues yo creo que durante aquella triste jornada trabajo, comía, el pobre, bien poca cosa.
 

       Años después, este abnegado emprendedor buscavidas se instalaba a la puerta  del cine, el Ideal Cinema en  Huércal, las tardes de proyección,  con un puesto de chucherías, garbanzos “torraos”, cacahuetes, pipas, caramelos con forma de martillo y cigarrillos sueltos de tabaco; y, al parecer, habiendo mejorado su situación económica y laboral, sin descansar un solo día, a pesar de su avanzada edad. De lo que no me cabe duda es de que fue una persona respetable, muy trabajadora y sencilla, de las que se merecen un monumento más que otras a las que se les erigen, en ocasiones.

    





                                                            ©Salvador Navarro Fernández.





*Guiñapero, en el sureste de España, es la persona que se ganaba  la vida recogiendo, o cambiando por mercancías, trapos viejos, “guiñapos”, u otras cosas inútiles. 

sábado, 31 de octubre de 2015

"A NUESTRO GUSTO". COCINA PARA HACER AMIGOS. 4.¿APETECEN UNAS CASTAÑAS ASADAS?. Recopilado por Ana Mª García Díaz

Postres típicos de Overa: CASTAÑAS ASADAS

         Nuestra tierra siempre ha sido cruce de caminos y pago abundante de todo tipo de productos agrícolas... Por eso su cocina recibe múltiples influencias: murcianas, arábicas, serranas, marineras... y cuenta con unos fantásticos productos que hacen posible el milagro que platos corrientes en otros lugares, aquí tengan el gusto de lo extraordinario...




"Recetas de aquí, de las de antes, y algunas con el toque de ahora. Nuestras...buenas; de Overa"

A todas las mujeres de Overa que han forjado lo que hoy es nuestra historia culinaria. A todas ellas el primer bocado de cada plato que se prepare a partir de este blog.

CASTAÑAS ASADAS
1. TIEMPO DE CASTAÑAS

La palabra castaña viene asociada a tardes otoñales, mesa camilla, brasero y puestos de castañeras en las calles. Trae consigo el frío, la ropa de abrigo y gratos recuerdos de niñez...

Y en cuestiones gastronómicas no puede haber un "Día de los Santos" que se precie, sin las típicas castañas asadas. Momento que se aprovecha para reunirse la familia o amigos, y tomarse una copa de anís o Marie Brizart para endulzar el paladar.
También les acompañan muy bien unos boniatos asados.

    En los colegios, comunidades era tradicional ( y habría que recuperar como una tradición nuestra, de siempre...)  las castañadas, fiesta de la castaña..etc. Unida a la recuperación de historias, cuentos, leyendas relacionadas con la noche de difuntos, las tradiciones agrícolas, los alimentos tradicionales... Es cuestión de mentalidad y colaboración ciudadana. Si para otras fiestas ajenas, extrañas... tanta publicidad y apoyo se les da, ¿por qué no a lo nuestro, a nuestra tradiciones ?



2. LA CASTAÑA

Antiguamente se utilizaba para combatir el hambre en épocas de guerra, ya que el harina de este fruto es muy parecido a la harina de otros cereales, pero con mejores nutrientes.

Se trata de fruto rico en hidratos de carbono, sales minerales y vitaminasAdemás, se considera que es uno de los alimentos más antiguos, pues su consumo se remonta al Paleolítico, aunque fueron los celtas y los romanos los que dieron a las castañas un papel más importante dentro de la alimentación, pues ellas hacían multitud de platos.

Las castañas también son ricas en minerales como el hierro, el calcio y el fósforo, y contienen más sodio y potasio que cualquier otro fruto seco.

Constituyen, además, una excelente fuente de vitamina B2, que regula el metabolismo de las proteínas y de las grasas, y contribuye a la salud de la piel, del pecho y de los ojos, así como de vitamina PP, necesaria para nuestro desarrollo.

Las castañas tienen un bajo contenido en grasas, y proporcionan menos calorías que el resto de los frutos secos (alrededor de unas 170 calorías por cada 100 gramos).

La medicina natural recomienda el consumo de castañas a las personas que sufren de agotamiento físico y nervioso, estrés, depresión, durante la lactancia, durante el embarazo (ayuda a la buena formación del feto), tránsito intestinal, de debilidad orgánica o intelectual y de anemia.

Las castañas son un excelente alimento para niños, ancianos y convalecientes...Apetecen unas castañas asadas?



3. USOS

La cocina forma parte de la memoria histórica de un pueblo, está grabada en los cromosomas y por eso nuestra infancia y nuestra patria está asociada a los aromas y sabores de la cocina de nuestra madre. 

Las castañas se consumen de diversas maneras: asadas, en el horno o en una parrilla, cocidas, en puré e incluso crudas, aunque para esto último es mejor escoger aquellas que estén más blandas.

Una forma sencilla de asarlas es realizar un pequeño corte en cada castaña y calentarlas en una sartén con agujeros en la base. El propósito del corte es evitar que estallen durante el proceso de asado. 
Este fruto seco también es el usado en el exquisito "marron glacé", un postre en el que empleamos castañas de la mejor calidad que se pelan, confitan en almíbar ligero y se glasean con vainilla natural.

Y si de verdad quereis disfrutar de una experiencia inolvidable, tenéis que probar los bombones de castaña que el Restaurante Azurmendi. Te los entregan en tu paquete de cartón, dentro del que además de las castañas te vas a encontrar una "niebla" plomiza que te lleva directamente al frío otoñal y esos puestos de castañas humeantes.

4. SITUACIÓN ACTUAL

En nuestros días este fruto seco se está revalorizando y está volviendo a tener una incidencia importante en nuestra gastronomía, presentándose de diversas formas a la hora de degustarlo. Desde su forma más común, asadas, hasta exquisitas tartas, dulces, mermeladas, como guarnición de algunas carnes, o como primeros platos: el potaje de castañas. 

5. CURIOSIDADES

En el libro "Tratado de Agricultura General" escrito por el agrónomo Gabriel Alonso de Herrera, escrito en 1513, hace referencia a las utilidades de las castañas y el provecho que pueden sacarse de ellas. La cáscara de la castaña, cocida con agua de lluvia o de fuente, hasta que se gaste, por evaporación, la tercera parte bebida, hace que se restrinja el vientre, así que es buena contra las diarreas.

Respecto de su composición nutricional, podemos destacar las siguientes cantidades por cada 100 gr. de castaña:
  • 2 gr. de proteínas
  • 5.5 gr. de fibra
  • 2.2 gr. de grasa
  • 145 mg. de calcio
  • 256 mg. de fósforo
  • 234 mg. de magnesio

6. HACE MUCHO TIEMPO....
Ejemplo del mimo con el que se presentan los postres de castañas en el Restaurante Azurmendi.


sábado, 12 de septiembre de 2015

EL NOMBRE DEL RIO ALMANZORA. Por Pedro Perales Larios



      


       Una tarde de invierno de 1985, estando en el precioso pueblo murciano de Moratalla, leí una leyenda que sostiene que el nombre del río Almanzora procede de la frase "Amanzor llora", lo que no deja de ser eso, una leyenda, pero me gustó y le escribí este romance.

EL NOMBRE DEL RÍO ALMANZORA
(Leyenda popular)

Tiene nombre el Almanzora,
según cuenta la leyenda,
porque al venir Almanzor
muy cansado de una guerra
se detuvo a descansar
del río bastante cerca.
Cuando el sueño comenzó
a hacer en él débil presa,
retiraba su ganado
una pastora muy bella,
y como él tuviera oído,
porque la fama es ligera,
que en las mujeres del río
hizo cuna la belleza,
saltó veloz el joven rey
y raudo corrió tras ella.

 
Asustóse la pastora
al ver tal prole guerrera
y le rogó al hechizado
diciendo de esta manera:
-¡No me forcéis, mi señor;
mirad que aún soy doncella!
Si de mí quisieras algo,
yo te daré cuanto pueda
sin herir mi honestidad
y sin manchar mi pureza.
Le detuvo al rey galán
la súplica tan ingenua
pensando que esas palabras
las dice mujer sincera,
ordenando a la pastora
permanecer a su vera.
Amedrentada la moza
no respondió cual debiera
por la pena que en su alma
hermanó con la tristeza.
Advertidos dos pastores
que andaban por la ribera,
piensan rescatar la joven
sin dar al flechado tregua,
y cuando osados deciden
dar principio a su empresa,
comienzan las caracolas
a resonar por las huertas
y de un pueblo a otro pueblo
se da la alarma en la vega:
-¡Bravas aguas trae el río!
¡Habéis de cuidaros de ellas!”
Prestos corren los pastores
a darle la mala nueva
al rey Almanzor herido
por una amorosa flecha
que le lanzara Cupido
desde el alto de la Sierra.

 
Se apresura el rey guerrero
a dar a los suyos fuerzas
para huir por caminos,
por atajos y otras sendas,
y escaparse de las aguas
que les cogen delantera.
Reina allí la confusión
y este momento aprovechan
aquellos buenos pastores
para robar la doncella
llevándola entre las aguas
que aún no bajan con fuerza,
antes de que la crecida
cruzarlas les impidiera.
Adviértelo el desgarrado,
pero ya lejos la llevan;
y al querer pasar el río
las aguas crecidas llegan.
Se le parte el corazón,
la sangre rompe sus venas
y, abriéndolos, de las órbitas
los ojos le salen fuera.
No les puede dar alcance,
la furia del él se apodera
y rotas bajan dos lágrimas
por el rostro de la fiera.
Lo ven llorar los pastores
y dolida el alma les queda
de ver tan garrido mozo
llorar cual frágil doncella.
Al ver de Almanzor el llanto,
lo difunden por la vega,
y la frase “¡ALMANZOR LLORA!”
dicen las gentes que deja
el eco en todas las mentes
del nombre que este río lleva.


Pedro Perales Larios

miércoles, 9 de septiembre de 2015

ODA A UN RÍO INTERMITENTE. EL RÍO QUE NOS LLEVA. Por Salvador Navarro





 Río que vas de peña en peña:
Déjame,por Dios, pasar
Que mi pobre madre enferma
 Ayer me  mandó (a) llamar.



 
¿Ves, San Miguel, nuestro río
surco por Gerión arado?
¿Está sereno y tranquilo
o con ira y enojado?
¿Ha descargado con saña
por las cumbres el nublado?
¿O fue agua de borrajas
según es lo acostumbrado?
¿Vienen por él ya las aguas?
Dinos si se va acercando
la lengua, con la que arrasa
campo yermo o cultivado,
-o la punta que otros llaman
en estilo no elevado-,
la masa ocre que brama,
ruge y embiste corneando,
acometiendo en manada
a las riscos golpeando;
la espuma sucia que salta
en  marrones latigazos.
Si todo eso observaras
desde tu otero elevado,
desde tu ermita blanqueada,
lumbre de cal en el llano,
desde tu esbelta atalaya,
alcázar de los cristianos,
que es de Nubla fina estampa;
desde tu monte serrano,
recia, preciosa esmeralda;
desde tu cerro sagrado,
celador que tierra guarda,
vigía del cielo nombrado,
a tu grey humilde y llana
hazlo saber ipso facto.
Cuando presientas que baja
mortal y ciega la ola
avísanos, da la alarma,
 no dudes, a cualquier hora,
si ruge como una fiera
o acecha como alimaña
haz sonar la caracola,
la cuerna, tambor o trompa
de un cortijo en la ribera
para que todos lo oigan;
y confesados los coja
a los creyentes su fuerza,
y resguardados acoja
a tiempo, de tal fiereza,
su alma, en febril congoja,
en volandas, pasajera,
la Providencia piadosa.



 
Río soberbio, toro suelto
de turbias y bravas aguas,
de tiempo en tiempo revuelto
en septembrinas borrascas;
gigante mar turbulento
de olas como montañas:
déjame alcanzar la orilla
 ¡No me ahogue en hora mala!
Voy a jugarme la vida
y librar esta batalla
contra rival tan severo
mano a mano, braza a braza,
y estrechar contra mi pecho
a la que me enseñó el habla
que  en aquel lado me espera
rezándole a nuestra santa
protectora de tormentas,
de mineros y otras causas,
para que no sufra herida,
para que no pierda el alma.
Sé bueno y clemente ahora,
descansa, haz una pausa
y permíteme que pase
de un lado a otro sin barca;
no hay puentes ni pasaderas
que rompiste en tu riada
sin que nadie lo temiera,
sin que nadie lo esperara;
sin que nadie lo temiera…
y menos, lo deseara.         



 
Río bravo de aguas turbias,
furia de morlaco negro,
preñado a veces de lluvias
o de sequías sin cuento;
glorioso germen de vida
y muerte en otras, reseco:
Sé claro no uses argucias,
desvélanos tu misterio,
si no nos das alegría
no impongas el desconsuelo.

 



Río soberbio, río seco,
río muerto, hijo de rambla,
de arena y de piedras lleno
sin una gota de nada.
Río triste, río serio,
río de lluvias sediento:
Nadie te mira a la cara
desde que sólo traes viento;
nadie te quiere mentar
si no es con menosprecio;
nadie a acompañarte baja
en busca de tu aire fresco;
nadie viene a contemplar
tu cara de roto espejo,
de eterna ausencia de agua,
ahora que tienes el cuerpo
vacío como una cántara
urgente en las aguaderas
camino de fuente clara
a lomos de burro negro.
 




¡Cuántas veces te has burlado,
mostrando tu faz guerrera,
de la buena fe sincera,
y con furia has arrancado
sobre rudo potro alado,
la huerta, el trigo o la higuera…!
Cosecha, vida y hacienda
del hortelano abnegado
te has llevado en la carrera
como corcel desbocado.
Y con odio te has jurado
continuar la contienda
y no abandonar la senda
de enemigo declarado.



Rio nuestro, río desierto,
el de las mil asechanzas:
¿Estás forjando las armas
de la próxima asonada?
El arcángel nos proteja
-San Miguel el de la espada-
y la mártir Santa Bárbara,
de tragedias malhadadas,
de diluvios infernales,
de terroríficas aguas,
y de odiosos vendavales;
séanos piadoso el cielo
y pase como si nada
la nube negra de lluvia
sobre la tierra inundada.
Líbrenos de los malvados
truenos sonoros y rayos
y venga el sol y la calma
tras esta tormenta aciaga.

 
    ©Salvador Navarro Fernández.