Reflexiones
a modo de introducción
Lorca, 29 de
marzo de 2020. Mañana de domingo, segundo de encierro forzado. Un silencio
desacostumbrado me envuelve en pleno centro urbano. Un silencio solo roto por
el inusual sonido de vencejos, golondrinas y gorriones, que se enseñorean del
cielo de la ciudad. El culpable coronavirus, con el infausto nombre y apellido
de Covid-19, es el responsable del encierro y del silencio que envuelve
nuestras calles. Sin embargo, la naturaleza sigue su curso, pues observo que,
en los otrora parterres, hoy sellados a golpe de adoquines, cemento y asfalto,
la vida pugna por emerger conforma de florecillas y demás hierbas silvestres. Brotan
por doquier, acompañadas de una tenue y persistente lluvia que, por lo inusual
de su continuidad, a muchos les lleva a pensar que el mítico señor de la avioneta se encuentra
también confinado. Una naturaleza que desborda los límites con que los humanos
la sojuzgamos a golpes de una tecnología y modernidad, que nos facilita tanto la
vida, como nos la acaba complicando, abriendo encrucijadas que muchas veces
escapan a nuestro control y nos impiden ver a dónde vamos como sociedad, porque
no recordamos, en la mayoría de los casos, de dónde venimos. Sin embargo, el
sello de los siglos se estampa en nuestro presente.
Si le damos la espalda a nuestro pasado, si le damos la
espalda a nuestro patrimonio, nos estaremos dando la espalda a nosotros mismos.
Una parte importante de nuestro ser, de nuestra identidad, singular, pero
plural, a la vez, se acabará perdiendo y no habrá jamás dispositivo tecnológico
que, por muchos universos virtuales que ayude a construir, pueda suplir esa
parte de nuestro ser que se acaba diluyendo en la desmemoria colectiva. Hoy,
hasta el más necio de entre ellos, pulsando una tecla del ordenador, tablet o
móvil, puede encontrar saber, pero lo que jamás podrá encontrar será la
capacidad de comprender que da el conocimiento, en el que la mirada cómplice de
la historia, nuestra historia, ocupa un lugar relevante.
Negarnos a nosotros mismos, eso es olvidar nuestro pasado, y
lo que nos ocupa en este artículo, nuestro legado árabe o andalusí: es negar la
almohada que da cobijo a nuestros
sueños y desvelos, la azotea que
corona y airea nuestras casas, la acequia
que es fuente de vida en nuestros pagos, las alubias y alcachofas que
reconfortan nuestros estómagos, la alberca
transmutada en moderna y privada piscina para el solaz refrescante de nuestros,
cada vez más largos y tórridos, veranos. Son centenares las palabras que nos
hablan de un legado, el legado andalusí, que, aun teniéndolo ante nuestros
ojos, muchas veces somos incapaces de ver.
Y esta larga reflexión, me lleva a una sugerencia de mi
amigo Juan Pardo, días después de aquel memorable encuentro-jornada sobre la necesaria
rehabilitación del Castillo de Overa, el pasado mes de noviembre, para que
dejase por escrito algunas palabras en torno a la vida en la Overa medieval o nazarí.
Una etapa, y un lugar, sobre los que aún hay mucho por escribir, siguiendo la
estela de llama viva que, en los últimos años, supone la labor impagable de
Alfonso González. Una etapa, y un lugar, que sitúan a Overa en el contexto de
la dura vida de frontera (más o menos consolidada tras el Tratado de Alcaraz,
de 1243)[1], en
la raya del cristiano Adelantamiento del Reino de Murcia, en la Corona de
Castilla y que tendrá a Lorca como principal baluarte, y la musulmana Axarquía
almeriense, bajo el sultanato nazarí de Granada, donde se inserta Overa, entre
las plazas fuertes de Vera (en cuya taha se incluía) y las de Vélez Blanco y
Vélez-Rubio.
Una dura vida de frontera que acabará curtiendo el carácter,
tanto de las gentes que poblaban la musulmana Overa, como los de la vecina
Huércal la Vieja, donde las continuas razzias cristianas eran contestadas por
las musulmanas, y viceversa. Un territorio donde los avances y retrocesos de la
frontera no eran hechos inusuales, y contribuían a conformar una sociedad
singular en la que la guerra se integraba como algo habitual en su paisaje
vital. Es en este contexto donde se desenvolvía como pez en el agua la figura
del almogávar, personaje principal de esta breve aportación, preferentemente en
el campo cristiano, pero perfectamente adaptable a la idiosincrasia fronteriza
del combatiente musulmán, al que inicialmente aludía el término.
1. Orígenes
del término y la figura del almogávar.
Almogávar con su equipo de lucha. |
Originalmente, el término
almogávar se piensa que procede del árabe al-mugawir, “el que crea algaradas”, es decir, tumultos, jaleo, escándalo o,
también, del término al-mujabir,
que literalmente quiere decir “el que porta noticias”, pero que, en este caso,
se traduciría como “el que explora y comunica”, aludiendo a la función de
espionaje que
realizaban los almogávares, entre otras cosas[2].La
primera vez que se usa la palabra «almogávare» es en el siglo X, en las tierras
de Al Ándalus, para referirse a grupos armados dedicados al saqueo y a los
ataques por sorpresa, y que actuaban en la frontera del valle del Ebro. Con el
tiempo, los cristianos comenzaron a usar también esa palabra. Serían los aragoneses los primeros en adoptar
las tácticas y modus operandi de
estos almogávares y, al final, fueron conocidos con el mismo nombre, a pesar de
que eran cristianos y no musulmanes. De ellos, Desclot, en el contexto
catalano-aragonés de finales del siglo XIII, los describía así: ‹‹Estos hombres llamados
almogávares no viven más que del oficio de las armas. No habitan las ciudades
ni las villas, sino las montañas y los bosques. Guerrean sin tregua contra los
sarracenos y entran en su tierra durante un día o dos, robando, saqueando. Su
vida es tan dura que pocos la soportarían. Pueden estar un par de días sin
comer si es necesario, o comer hierbas del campo. Llevan una camisa corta,
tanto en invierno como en verano, unas calzas de cuero muy estrechas... Cada
uno va armado con una espada, unos dardos, sin escudo ni armadura. A la espalda
llevan un zurrón de cuero en el que meten las provisiones para dos o tres días.
Son hombres fuertes, gente de montaña, catalanes y aragoneses››[3]. Ellos son los responsables de grandes gestas para la Corona
de Aragón, como, tras su intervención en socorro del imperio bizantino, y el
asesinato de su adalid Roger de Flor, en venganza, catalana, y al grito de ‹‹Desperta
Ferro››, consiguieron conquistar los ducados de Atenas y Neopatria[4],[5].
Pero esto es harina de otro costal.
2. El almogávar en el contexto de la frontera
castellano-granadina. Hipótesis en torno a su presencia en la fortaleza de
Overa.
En lo que a nuestro breve artículo
interesa, la presencia y figura del almogávar en el espacio fronterizo en el
que se inserta Overa, pequeño jalón en el más amplio contexto de la frontera
castellano-granadina, estaría presente desde los primeros momentos de su
conformación, como atestiguaría el asalto y saqueo por un grupo de éstos a una
muchedumbre de mudéjares expulsados de Murcia en 1266[6],
tras su rebelión y sometimiento por el rey de Aragón, y cuando estaban a pocas
leguas de llegar a la protección del Reino de Granada.
La singular orografía de las sierras de
Almagro y las Estancias, a modo de frontera natural entre tierras cristianas y
musulmanas, y un poco más hacia el noroeste la sierra de María-los Vélez,
serían sus “hábitats” cotidianos, junto a los baluartes fronterizos de Tébar, las
gemelas Xiquena y Tirieza[7]
(primero, moras; y en el s. XV, cristianas)
por la parte cristiana; y por la parte musulmana, Nieva, Huércal y Overa, entre
otras. La conformación social de éstos, en su origen, los situaba como
pastores, cristianos o musulmanes, que, a medida que avanzaba o retrocedía la
conquista cristiana sobre territorios musulmanes, iban perdiendo sus refugios
naturales en las zonas de pastoreo, por lo que
tuvieron que organizarse y dedicarse al saqueo en tierras enemigas para poder
sobrevivir junto a sus familias.
Así, con el paso del tiempo, estos pastores
acabarán dedicándose a tiempo completo a la actividad de la guerra. Además, el tener en su origen una vida dura y agreste, y el
haber vivido con escasos recursos en un clima tan complicado, especialmente en
el sureste, hacía que no les supusiera un problema dormir al raso durante los
días que duraban sus incursiones. Y, en la medida en que las fronteras de los
reinos cristianos avanzaban sobre las musulmanas, éstos iban desplazándose con
ellas, desde su relativa estabilización a mediados del siglo XIII, hasta su
desaparición en 1492 (en el caso de Overa y su frontera, 1488).
Hay que tener presente que eran muy
diferentes al prototipo del caballero medieval, que luchaba a caballo y
representaba un ideal mítico a modo de ejemplo a seguir. En cuanto a su modus operandi, cuando no se dedicaban
a las labores de defensa, los almogávares se movían a pie, con mucha ligereza, ya que no usaban coraza, casi
siempre de noche y aprovechando su conocimiento del terreno. Solían ir
en grupos de entre cinco a quince hombres, según la estrategia a seguir, ya que
este número podía aumentar si se trataba de una batalla abierta y no de una
incursión sorpresa en la frontera cristiano-musulmana. Incluso, en estos casos,
no se comportaban como un ejército, ya que su objetivo era reunir botín y
esclavos que poder vender después.
Así, cuando se unían a las mesnadas reales, nobiliarias o concejiles,
renunciaban a un sueldo de guerra a cambio de poder quedarse con el botín. En estas situaciones, peleaban en orden cerrado cuando era
menester, reuniéndose rápidamente y formando masas capaces de resistir el
ímpetu de la caballería, en las que el objetivo era derribar al jinete. Eran
sumamente eficaces a la hora de matar al caballo en la distancia con sus dardos
o, directamente, metiéndose bajo él, abriéndolo en canal con su característico coltell, parecido a un cuchillo de
carnicero, con la hoja muy ancha y de un sólo filo, y que manejaban con una
enorme habilidad. Una vez caía el jinete al suelo, estaba perdido.
Por lo tanto, aunque
no fuese su especialidad bélica, los almogávares eran una buena baza a la hora
de lidiar batallas en la frontera, ya que conocían el terreno y sabían cómo
moverse con más eficacia que un ejército entero, vigilando su vanguardia y los
flancos, y actuando, también, como unos eficacísimos atajadores. [8].
Guerrero almogávar en labor de vigilancia. Obra de José Moreno Carbonero (1898). Col. Privada (Málaga)CC BY-SA 4.0 |
A la
par, su extracción social, originalmente pastoril, va cambiando conformándose
en un entorno de relativa marginalidad, entre los que se encontraban los
homicianos[9],[10] personas que,
tanto en territorio musulmán, como cristiano, habían cometido algún tipo de
delito, generalmente de sangre, y que purgaban su pena huyendo a algún enclave
de la frontera, que hubiese recibido privilegio del rey, o el sultán, con el
compromiso de defenderla del enemigo. Algunos de estos enclaves, o sitios
fortificados, eran especialmente temibles por el riesgo que suponía su defensa,
como los casos de Xiquena, Tirieza, Huércal u Overa. Su objetivo fundamental
era la supervivencia, vivir un día más. No buscaban la gloria, aunque,
ocasionalmente, se tropezaban con ella. Tal sería el caso del soldado de las
huestes lorquinas durante el asedio de Overa en 1439, Tomás de Morata, al que
me permito la licencia de incluir en la nómina de los almogávares cristianos de
las tropas lorquinas, al servicio del Adelantado de Murcia, Alonso Yáñez Fardo.
Pues, tras tomar varias villas musulmanas del valle del Almanzora (Oria,
Cantoria, Albox, Arboleas), y recién vencida por las tropas cristianas, Zurgena,
se presentaron ante la fortaleza de Overa (aunque hay quien prefiere
denominarla como casa-fuerte)[11]. Su ubicación,
de una inteligencia estratégica impresionante, que la hacía, aparentemente,
inexpugnable y vigilante desde el altozano que ocupa el corredor creado por el
cauce de río Almanzora, obligaron a que las tropas del Adelantado decidieran
hacer noche frente a ella y meditar la posibilidad de su asalto. Es aquí donde
emerge la figura de Tomás de Morata[12], quien, en un
lance que recuerda un tanto a la toma nocturna y sorpresiva de Córdoba por los almogávares
al servicio de Fernando III[13], realiza una
prodigiosa e imposible escalada con la que sorprende al centinela de guardia y,
tras atravesarlo con su espada y despeñarlo muralla abajo, consigue abrir las
puertas del fortín que permitieron el fácil asalto y toma cristiana del lugar.
Entre 1448 y 1449, Overa, al igual que los otros lugares del Valle del
Almanzora tomados por los cristianos, retornaría a la obediencia del sultán de
Granada. Pero volviendo a Tomás de Morata, el que ganara gloria y
reconocimiento para él y su linaje, lo atestigua el que, tras la definitiva
capitulación de la Overa mora ante las cristianas tropas de los Reyes Católicos,
en 1488, su nuevo alcaide cristiano fuera su hijo, que, además, portaba su
mismo nombre[14].
Aunque no se relacione con el contexto de Overa, pero sí del más
amplio Valle del Almanzora, resulta oportuna la vindicación de la posible
presencia almogávar en una hueste lorquina, con ocasión de una celada que
tendieron estas tropas a un cortejo nupcial que conducía a una linajuda novia
sarracena de Serón, cuando iba al encuentro de su futuro marido en Baza. Éstos,
en un número de 40, tras días de acecho en territorio hostil, arremeten contra
la escolta y, después, repelen a superiores fuerzas de Baza que venían en su
socorro. Sin embargo, tienen el caballeroso detalle de liberar a la novia sin
mancillar y sin rescate, retirándose a Lorca victoriosos, con escasas bajas y
un riquísimo botín, entre el que se encontraba la rica cabezada que portaba el
palafrén de la dama, que hoy es una de las más bellas joyas que integran la
colección del Museo Arqueológico Nacional. Este hecho lo podemos situar en el
primer tercio del S. XV, pues, nuevamente, aparece en escena un aguerrido Tomás
de Morata, según la crónica de Pérez de Hita[15].
3.
Un acercamiento a la sociedad de la época
Así, para ir concluyendo, en el horizonte social que palpitaba en torno a la fortaleza o
casa-fuerte de la Overa nazarí, cuya
conservación desde aquí reivindicamos, podíamos encontrar, siempre en el
terreno de la hipótesis, un variopinto panorama humano en el que se integraban un
reducido contingente almogávar y sus familias, comandados por su almocadén,
junto a los poco eficaces, militarmente hablando, soldados de reemplazo; una
pequeña masa campesina que aprovechaba las escasas y feraces huertas ribereñas ;un
grupo de pastores que trasegaban sus cabras al amparo de la agreste sierra de
Almagro; artesanos; algún elche[16]
(cuya preciada cabeza conversa era especialmente atractiva para las razzias cristianas); cuidadores de
moreras y criadores del preciado gusano de seda, cuya materia prima alcanzaba
gran valor en los talleres de las vecinas villas de Zurgena, Vera o Purchena; esclavos cautivos cristianos en labores de
servicio al cuerpo militar… Todos, bajo la ortodoxa supervisión del alfaquí,
custodio del oratorio y la oración (que, no sería muy arriesgado aventurarlo,
se ubicaba en la actual ermita de Santa Bárbara), atento y vigilante a las
respetuosas peregrinaciones al venerable santuario de la Rápita, sin dejar de
lado la presencia esporádica de algún buhonero hebreo que, muy probablemente, tan
conocedor de la frontera y sus riesgos como el mejor almogávar, y convertidos éstos
en sus principales clientes, podía incrementar su bolsa vendiendo información a
un lado y otro de la mencionada frontera. Y todo ello, en una hipotética población
que, en los mejores momentos del lugar, no llegaría a superar los 250 o 300
vecinos.
Cristianos enfrentados a Moros, aunque durante muchos años colaboraron y convivieron en paz. |
4. Los
desheredados
Pero, realmente,
no me gustaría finalizar sin reivindicar el verdadero significado, en mi
arriesgada opinión, del almogávar en el imaginario sociológico de la historia
peninsular, apropiado injustamente por algunos grupúsculos parafascistas, o,
hablando con propiedad, mismamente fascistas, que incorporan, en su versión
cristiana, su valentía y arrojo como guerreros, a sus espurias y rancias
representaciones de los valores patrios. Olvidan que el almogávar representa a
ese arquetipo inmemorial, heterodoxo, que puebla el espacio antropológico de
nuestro solar peninsular. Tan rico, tan plural, pero tan ingrato para con las
masas de desfavorecidos de la fortuna, habitualmente olvidados por la historia o,
desgraciadamente, cuando son recordados, portadores de un halo, maldito y
culpable, por su desafección a los poderes del momento que son, al fin al cabo,
los que acaban dictando en sus crónicas las páginas de la Historia. Son esa
miríada de gentes, golpeadas por la injusticia, el hambre, la miseria o la
enfermedad, que el destino coloca más allá del bien o del mal, en su actitud
vital, a veces Sancho, a veces Quijote, y que, en nuestra tradición, arrancaría con
los integrantes de los Bagaudas[17], rebeldes
campesinos que emergen en el contexto de la crisis social y económica de los
períodos tardorromano y altomedieval; los propios almogávares, de tradición bajomedieval; los arrojados monfíes[18]
en el contexto morisco de la rebelión de
las Alpujarras contra el muy cristiano Felipe II; los bandoleros españoles, fuente de inspiración para la literatura romántica
europea y norteamericana del XIX, y reciclados en adalides patrióticos como guerrilleros[19]
en la Guerra de Independencia. Mas,
cuando algunos abrazaron el credo liberal,
tendrían como premio el garrote vil o la horca de la opresión
absolutista fernandina (pongamos que hablamos de Juan Martín “el Empecinado”, Francisco Javier Jiménez Barra conocido como “el
barquero de Cantillana” -alter ego del televisivo Curro Jiménez- o José Mª “el
Tempranillo”, entre otros); y eso sin olvidarnos de los últimos desposeídos arrojados
al monte, los maquis[20] republicanos,
jóvenes idealistas que mantuvieron la lucha antifranquista más de una década, una
vez concluida la contienda civil. Ellos, y muchos de sus apoyos, fueron perseguidos
como fieras salvajes y estigmatizados sin piedad por la dictadura hasta su
completo exterminio.
5. Como
conclusión y agradecimiento
Ante todo, agradecer a Overa Viva, especialmente en la
persona de Juan Pardo, su compromiso firme en la defensa del patrimonio y el
folklore de Overa, y en el caso que nos ocupa, su lucha denodada para que ese
elemento señero del patrimonio overense, como lo es el castillo de Overa (de
Santa Bárbara, entre nosotros) no se venga abajo ante la desidia de todos. Así
como al magnífico elenco de ponentes-colaboradores del proyecto (Juan Antonio
Muñoz, Alfonso González, Lorenzo Cara, Domingo Ortiz, Andrés Martínez, Sergio
Díaz –por quién siento un especial aprecio- y José Domingo Lentisco). Tampoco
hay que olvidar la contribución de Lola Zurano en sus tareas reivindicativas.
Y, por último, y no menos importante, destacar que, por
primera vez en la historia del municipio, el Ayuntamiento de Huércal Overa, en la
audaz persona de su alcaldesa, Francisca Fernández, ha mostrado una voluntad y un
compromiso cierto en la defensa y conservación del patrimonio histórico
municipal, empezando por facilitar los medios para que esta jornada, que
trataba sobre la salvación del Castillo de Overa, se celebrase con éxito y se
atisbasen, en un horizonte no muy lejano, soluciones factibles de materializar.
Puerta abierta a otras necesarias actuaciones. Por las noticias que me llegan,
corren tiempos de ira en la corporación municipal. Desearle, ante todo, que, si
las cosas vienen mal dadas, “cual ave Fénix, resurja pronto de sus cenizas”.
Para concluir, seguir insistiendo en la frase, no por
manida, menos cierta, de que quién olvida y desdeña su pasado, a quien olvida y
desdeña es a sí mismo, porque el pasado, querámoslo, o no, siempre, se hace
presente.
|
[1]Jiménez Alcázar, Juan Francisco:
“Territorio y Frontera en el Reino de
Murcia durante la Baja Edad Media”. Págs 25-28.
[2]Fontenla Ballesta, Salvador: Los
Almogávares, una epopeya española.
[3]Desclot, Bernat: Libro del rey Pedro de Aragón y de sus
antecesores pasados, o crónica de BernatDesclot, Biblioteca
Digital Hispánica de la Biblioteca Nacional de España
[4]Crónica de Ramón Muntaner
[5]Fontenla Ballesta, Salvador: Los
Almogávares, una epopeya española.
[6]González
Sánchez, Alfonso. Huércal y Overa, un espacio fronterizo (s. XIII-XV), págs.
28-29.
[7]Juan
Francisco Jiménez Alcázar: “Territorio y
Frontera en el Reino de Murcia durante la Baja Edad Media”. Págs. 25-28.
[8] Fernando Narla, en su
reciente novela “Fierro”, traza un
magnífico perfil de su forma de actuar a través del perfil de su protagonista
principal, decisivo como atajador y en el uso sarraceno de la técnica del tornafuye, en la batalla de las Navas de
Tolosa
[9]González Sánchez, Alfonso. Huércal
y Overa, un espacio fronterizo (s. XIII-XV), págs. 103-113
[10] Jiménez Alcázar, J.F.:' 'Perdones y
homicianos en Xiquena a fines del siglo XV". III Congreso
Hispano-portugués de Historia Medieval. Sevilla, 1991.
[11]González Sánchez, Alfonso. Huércal
y Overa, un espacio fronterizo (s. XIII-XV), pág.144.
[12]González Sánchez, Alfonso. Huércal
y Overa, un espacio fronterizo (s. XIII-XV), págs. 53-55.
[13] Martínez Díaz, Gonzalo. La conquista de Andújar: su integración en la Corona
de Castilla, en Boletín del Instituto de Estudios Giennenses (Jaén: Instituto de Estudios Giennenses) (176): 640-641.
[14]González Sánchez, Alfonso. Huércal y Overa, un espacio fronterizo (s.
XIII-XV), págs. 195-196.
[15] Pérez de Hita, Ginés: Guerras Civiles de Granada. Reed. 1913
[16] Elches o Helches era el nombre que recibían los
cristianos que abandonaban su fe para convertirse al islam, al que las
autoridades cristinas ponían un alto precio por su captura.
[17]Bravo
Castañeda, Gonzalo. "Las revueltas campesinas en el alto valle del Ebro a
mediados del siglo V d.C. y su relación con otros conflictos sociales
contemporáneos (una revisión sobre Bagaudas)". En Cuadernos de
Investigación: Historia. Tomo 9, 1983.
[18]Sánchez Ramos,
Valeriano: El II marqués de los Vélez y
la Guerra contra los Moriscos (1568-1571). Revista Velezana y Centro
Virgitano de Estudios Históricos. 2002.
[19]Hernández Girbal, Florentino. Bandidos célebres españoles (en
la historia y en la leyenda). 2.ª ed., Eds. Lira, Madrid, 1993; 2
tomos. 1968
[20]Serrano, Secundino: Maquis. Historia de la guerrilla
antifranquista. Editorial Temas de Hoy, Madrid, 2001
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