domingo, 8 de julio de 2018

CARTA ABIERTA A LA TORRE DE LA BALLABONA por Alfonso González Sánchez.



¡Pobre barquilla mía,                            
entre peñascos rota,                                  
sin velas desvelada,
y entre las olas sola!

   Entrañable Torre, no hay vez que saliendo de Overa, o al pasar de regreso a ella por el Puerto de la Ballabona, que la vista de tu recortada silueta, coronando la cumbre más alta de la sierra mayestáticamente, no me evoque este viejo poema de Lope de Vega que nada tiene que ver contigo. ¿O sí?

   Qué lejos queda hoy en el tiempo el siglo XV, cuando con ocasión de la última de las guerras civiles del Reino Nazarí te edificaron los moros. A decir de un vecino de Cuevas llamado Alonso Moçaquid, testigo en 1533 en el juicio que enfrentaba a Vera y Lorca por la posesión de Huércal y Overa, fue el jeque Zeye, alcayde a la sazón de esa ciudad granadina, quien ordenó tu construcción. Él mismo aseguró que siendo apenas un adolescente participó en su fábrica, trabajando como peón en ella por mandato de la ciudad, al igual que otros vecinos comarcanos. Poco tiempo después pasaste a manos cristianas, tras entregarse a los Reyes Católicos todos los lugares de la taha veratense, lo que no evitó que te convirtieras en parte imborrable del paisaje.

   Cuántas ahumadas y almenaras desde tu cubierta no observarían día y noche los antiguos pobladores, ofreciéndoles la oportunidad de defenderse del peligro. Avisos de moros en guerra, de mudéjares expectantes tras ella, de moriscos sublevados, de cristianos repobladores frente a los asaltos de piratas y monfíes, que tantos saqueos y cautiverios se cobraron de ellos. 
   Viéndote hoy tan demolida, herida de muerte por tu estado de abandono, me pregunto de qué sirvió que tiempo atrás te declarasen Bien de Interés Cultural, pero no encuentro respuesta. ¿Acaso consiguió esa fingida protección frenar siquiera tu incesante ruina? Después de haber pasado de ello un cuarto de siglo, los mampuestos que otrora formaron tu cuerpo, desmoronados, se siguen amontonando a tus pies. Los butrones que abrieron en ti los cazatesoros te siguen restando seguridad, amenazando gravemente la verticalidad de tu alzada. Ante la impasibilidad de cuantos te miran, adivinando indolentes en su contemplación los estertores de una agonía, a la que de no poner pronto remedio estás abocada.

   ¡Pobre torrecilla mía! Lo que más me duele de tu estado es pensar que no serán los años los que provoquen tu desaparición, sino el desinterés de los que por razón de su cargo están expresamente obligados a conservarte. La despreocupación de los que recibimos tu legado, al ver cómo nos desentendemos de tu preservación, en menosprecio de las generaciones futuras. O la apatía de los indiferentes,  a quienes no les importa conservar el germen que ha dado lugar a lo que hoy somos, condenando al olvido a cuantos lo hicieron posible, despreciando desagradecidos todos sus sacrificios y esfuerzos. 

    P.D.: No me cabe duda alguna de que acabarás arruinada, pobre torrecilla mía. No pasará mucho tiempo en que tu silueta solo sea un recuerdo en la memoria de los viejos que hoy son niños. Por eso, y por el dolor que tan solo pensarlo me produce, impotente, te pido perdón por la parte de culpa que me corresponde.
      

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