miércoles, 30 de agosto de 2017

¡ CARACOLES...! por Juan Pardo Valera



¡ CARACOLES…!!



     El sonido de la lluvia me podría traer tantos recuerdos, tantos momentos vividos, tantas sensaciones imborrables…Pero no, hoy no; hoy sólo afloran en mi mente y en mis añoranzas caracoles, mi vida junto a los caracoles…

     Tendría apenas cinco años cuando subí por primera vez al Cerrico, tras una tormenta de verano, y entre sus brillantes piedras lunares, aparecían, tímidos, docenas de pequeños y blancos caracoles.


-          Ni se te ocurra tocarlos, no son buenos, no se comen…Son caracoles “gitanos”- dijo Diego de Paco, cuatro años mayor y para mi una autoridad en eso y en tantas cosas-.
 

Fue una experiencia rozando la brujería, que aquellos seres diminutos y escondidos en las entrañas de la tierra, salieran a la superficie y se mostraran por la magia de la lluvia. Contemplé por mucho rato su lento caminar entre las toscas y bojas, y yo con el poder de un pequeño dios que podía cogerlos y hacerles recorrer una y varias veces el camino andado; determinar su vida. Receloso del misterio que envolvía a esos pequeños seres y que los hacía malos para mi y nuestra especie humana.




     Algunos años después, con mi hermano cogido de la mano, acompañaba a mi madre a los huertos de naranjos de “encima la huerta” a recolectar caracoles del pago. Cientos de caracoles que se apiñaban en los troncos de naranjos, limoneros y en los caballones de siscas de las acequias de riego. De nuevo la lluvia les incitaba a sacar sus cuernos e iniciar infinitos caminos de metros en busca de alimento y otras necesidades. Un poco después descubrí, en el libro de ciencias de tercero, que los caracoles eran hermafroditas… Grandes caracoles oscuros y rayados acompañados de decenas de hijos más pequeños, más claros y con las rayas incipientes de un futuro incierto…La fritada picante de caracoles del huerto fue un aperitivo frecuente en mi casa en estas épocas…




     Ya en mi adolescencia acompañé, un día lluvioso de otoño, a mi padre a buscar caracoles serranos al monte. Empezamos a buscar por el cerro de Las Panochas y el cerro Blanco, luego fuimos al Peñascar. Llevamos un cachulero de esparto con un curioso sistema de apertura para ir introduciendo los caracoles. Los caracoles serranos se consideraban un manjar exquisito y no todo el mundo sabía encontrarlos, su color pardusco les hace mimetizarse con el terreno y pasar desapercibidos para el ojo humano, sobre todo si son ojos poco habituados a este menester… Apenas encontramos dos docenas, pero suficientes para unos magníficos gurullos con caracoles que mi madre empezó a preparar cuando salió la expedición…




    Muchos años después en mis largos paseos para hacer fotos de los lugares mágicos de Overa me he encontrado con algunas de las escasas “Chapetas” que aún quedan en nuestros montes…Es una animal bellísimo y muy curioso del que apenas quedan unos pocos ejemplares y que están protegidos por la ley y debemos respetar. Tengo que reconocer que no hace muchos años fui invitado a un arroz con chapetas y es una comida de dioses (una razón más para procurar que no se extingan y poder seguir disfrutándolas en el futuro…).




    En mis viajes he probado sublimes platos elaborados con caracoles: Barcelona, París, Brujas...etc. Pero el sabor de lo autentico, el sentimiento de recolectar, cuidar, ayudar a elaborar y comer con seres queridos, como en Overa, no lo he vuelto a disfrutar.



     Así que, permitidme la licencia, de que en estos días lluviosos vuelva a revivir todos los momentos de felicidad, de placer, de raíces compartidas… Y que mi corazón vuele hasta esa vieja casa de la Ermita y añore lo que nunca se puede olvidar…Mis profundas raíces en las tierras, costumbres y vivencias de mi Overa.
 http://overaviva.blogspot.com.es/2013/08/a-nuestro-gusto-cocina-para-hacer.html