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El "Huevo" como popularme se conocía a uno de los primeros transporte públicos entre Overa y Huércal. |
Overa limitaba al Norte con la Sierrecica, que nos separaba
de Almajalejo, los días que yo
acompañaba a mi primo Cristóbal a que pastaran las cabras de mi abuelo.
Al Este, con la Santa, especialmente en
la fiesta de la Breva y con los Oribes cuando sus vecinos subían a vender los
primeros tomates, rojos veteados de amarillo, de la temporada, a la parte alta
y ancha del río; al Sur, con el Cerro de las Panochas donde me desorienté
buscando caracoles un día de lluvia fina con mi padre -al que le hice observar,
con sorpresa para él, que había otro castillo idéntico al de Santa Bárbara sólo
que al Oeste-, y con la torre de la Ballabona, en cuyo cortijo vivieron
Frasquito y sus hijos Bonifacio y Sebastián el que se autolesionó un ojo con una
navaja; y al Oeste con la arenosa rambla
de Almajalejo, la “Cañá" Vicario que sorteaba las embestidas de la rambla,
Palacés famoso y Los Ballestas balconado.
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OVERA, desde su Castillo, vista parcial de un lugar que no se perderá mientras lo tengamos presente. Foto: J.Pardo |
Dentro de sus límites contaba con lugares pintorescos, de los que algunos
todavía perviven: Las Peñicas, paraje en
pleno lecho del río, ideal para cazar
colorines emboscándonos los cazadores entre los taráis y las cañas delatoras,
pues al mínimo roce con ellas los pájaros, escamados, despegaban desde las
proximidades de la red, temerosos de caer en la trampa; la misma
Sierrecica, balcón ideal desde el que contemplar con éxtasis, a lo
lejos, el Mediterráneo a las faldas de
Mojácar; el Cañico, manando su
agua fresca nacida en la roca viva al pie de los magníficos ojos del puente; el
Peñón de Santa Bárbara, siempre recio bastión defensor de este barrio; la
inofensiva Ramblica, salvo cuando se la obligó a discurrir por donde no le
gustaba; las Trincheras, escenario de la defensa militar de Overa en la Guerra
Civil, hoy anuladas por la ampliación de la explanada del cruce de carreteras;
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Los primeros transportes iban siempre atestados de personas y enseres. Dichosos de sumarse a la modernidad. |
las Revueltas (curva contra curva en la carretera vieja), puerta antigua de
entrada desde el Levante, de los escasos medios de locomoción automóviles
existentes en la primera mitad del siglo XX en este rincón de España, que daban
acceso, de repente, a la contemplación de nuestro oasis, ahora casi yermo; la
curva “El inglés”, primer recodo de la recta carretera que enfilaba el camino
hacia la zona media del Almanzora; la casilla, junto al cementerio, que
anunciaba yendo hacia el Este “A OVERA 1 KILÓMETRO”; la Venta
del Empalme -porque a su altura se enlazaban como en palma una carretera a
otra-, lugar de reposo de transeúntes y de tratantes y tasadores de naranja; el
azul almacén de Obras Públicas repleto de trastos inútiles, señales de tráfico
y herramientas, protegido por inexpugnables rejas de sólido hierro, con la otra
casilla de peones camineros al lado, la principal de la zona, la del cruce de
Overa; la “Cañá el Santo”(alguna imagen debió de haber en ese cruce de
caminos), uno de los rincones de huerta con más riesgo de heladas de la
localidad; las Veintiunas, cortijo
apartado de casi todos, dominando la curva del río; el “Paraor”, cuyo nombre evoca el lugar donde
paraban a descansar y abrevar los pastores con sus interminables rebaños que
venían de Lubrín a vender su ganado al mercado de Huércal y luego embarcarlo en
el ferrocarril;
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El tren fue una revolución en todos los sentidos, acercaba al pueblo llano al mundo, dejamos de ser un rincón perdido. |
La Terrera, cortijo de nombre nunca mejor aplicado, justo en
una rojiza terrera cortada en vertical sobre el río, soportando sus ataques
erosivos; la Venta el Chavo, recibiendo valientemente las avenidas del bravo
río, que debió ofrecer bebida, alojamiento o comida a buen precio, pues un ochavo (el chavo, octavo
u octava parte de una onza) fue bien poca cantidad de dinero en cualquier
época; el puente Sopalmo, así llamado quizás, porque su entorno debió de ser
más o menos abundante en palmito, como sucede ahora en la localidad “El
Sopalmo” entre Mojácar y Carboneras; las Canteras, que con su explotación minera
del yeso puesta en marcha por la familia Parra ayudó a sobrevivir a varias
familias y proporcionó yeso blanco y moreno en esportones de pleita durante
años a todas las obras de la comarca y revistió todas las paredes de los
hogares de nuestra tierra; la calera “del Fuentes” próxima al cruce de
carreteras, cuya piedra caliza picada a martillo por “el tío Joaquín de la
cueva”, incandescente tras ser alimentada por la carbonilla traída de la
estación de Zurgena, me quitó el frío tantas mañanas de blanca escarcha y de
crujiente hielo en los charcos del camino real mientras esperaba la llegada de
“El huevo” o de su madre “La gallina”, Autobuses escolares que nos
transportaban a diario hasta el Instituto “Cura Valera”, de Huércal;
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Las ferias de ganado, lugar imprescindible para los tratantes de Overa. |
El llano
“pillo” (porque según mi tío Jaime, cuando le mandaban sacar a pastar el par de
ovejas de su casa y las dejaba allí, donde no había ni una brizna de hierba que
comer, mientras él jugaba, aseguraba que en realidad sí que había pasto, que
era un llano pícaro, "pillo"), pedregoso campo de fútbol en el que
aprendimos a correr la banda y a regatear; la Almazara, rezumando verde aceite,
hoy abandonada; la Noria Vieja, ya sin cangilones, de nuestros felices baños;
las “Dos carreteras”, zona inmediata a la Cuesta Alta, pintoresca subdivisión
de la Nacional 340 para mejorar su difícil trazado; la “Cañá" Vicario,
naranjal en los confines del poniente de Overa; la temible rambla de
Almajalejo, de avenidas parejas a las del río y a las de la Rambla del Peral
(los tres juntos eran terroríficos); el camino de Lubrín o Camino Real, especie
de cañada de la Mesta por la que eran conducidas las puntas de ganado mayores
que se podían ver en la comarca. Y otros lugares tan llenos de encanto, color e
historia local.
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Las sufridas burras, ¡ cuánto han hecho por nosotros ! |
El
paso entre unos barrios y otros antes de que el asfalto se prodigara por
caminos y carreteras nuevas en Overa, no siempre estaba asegurado, pues las
comunicaciones (sólo existía la postal o la personal) se cortaban cuando las
lluvias eran abundantes o había deshielo de la Tetica de Bacares. Entonces se
arbitraban pasos improvisados y precarios como las “pasaeras” (piedras sólidas
y suficientemente robustas como para soportar la fuerza del río sin moverse del
lugar donde se instalaban en el agua) que había que poner en medio de la
corriente para pasar de “Aquel Lao” a esta parte del río, entre La Concepción y
el resto de Overa o a la inversa. También había que construir una pasarela
semejante entre Santa Bárbara y el resto de Barrios, esta vez mediante un par
de palos (pitones o algo más resistente) y un par de haces de cañas del
inmediato cañar, para salvar el chorro de agua que el barranco del mismo nombre
traía durante un mes o dos al año. Barranco del cañar al que vertía algo más
abajo un chorro enorme de agua por el cimbre, excavación subterránea que venía
desde el cortijo del Carmen por debajo de los bancales de mi abuelo Cristóbal.
Todo ello lo ha arrasado la imponente obra de la autovía del Mediterráneo,
aunque los problemas del arrastre de aguas y arena siguen manteniéndose,
incluso agravados.
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Muchos aún recordamos nuestros viajes sobre estos animales a Huércal, Zurgena, Albox... |
Entonces, antes de que llegara el teléfono o los automóviles, las
comunicaciones se limitaban al desplazamiento a pie o en caballería -en
ocasiones la bicicleta-, y era la burra el medio animal más común, práctico y
económico. La pobre burra libró a muchos de meterse en el frío de las gélidas
aguas y del cansancio del andar.
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El mercado de los lunes en Huércal era un acontecimiento semanalmente esperado. Se vendía de todo. |
Cuando
mi aldea perdía sus límites, era el día principal de la semana: el lunes.
Entonces se ensanchaban las fronteras hasta Huércal, donde se celebraba el
mercado. A él concurría la gente de Overa, los mayores, medianos y pequeños,
todo el que podía. Allí iban destinados los productos de la agricultura y de la
ganadería de nuestros esfuerzos: frutas, hortalizas, granos, gallinas, huevos,
conejos, corderos, cabritos, ovejas,... Pero también productos manufacturados
con la fibra más abundante en la localidad: el esparto. Con él se elaboraban
capazos ( de distinta ‘ca-pa-ci-dad’, esteras, sogas, guita, sobrecargas, zapatillas esparteñas, morales, soplillos,
cachuleros (“capsuleros” porque se encapsulaba dentro a los caracoles), etc.
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La burra, las aguaderas y los cántaros... Agua potable para los vecinos de nuestros barrios. Foto: Henrique Dinamarca |
Pero, sobre todo, se fabricaban las aguaderas (llamadas así
porque estaban concebidas para traer agua potable a la casa), receptáculo hecho
de pleita (del latin plexa, participio pasado de plecto, tejer; y pleito y
pleita fueron las formas evolucionadas); o sea, tela hecha con esparto, cosido
con guita de la misma materia prima, que se vendía en dobles parejas enlazadas
(posteriormente las aguaderas de un solo recipiente por cada lado vivieron una etapa de cierto florecimiento
cuando se popularizó su uso en las mobylettes), para colocar a la grupa de
burras o mulos y meter en ellos cualquier cosa, pero especialmente, los
cántaros, que, de cuatro en cuatro, vendrían a la casa llenos de valiosa agua
haciendo sonar el “cloc cloc” de su boca desde la fuente más buena o cercana,
para su uso doméstico. No pocas aventuras vivieron los cántaros yendo y
viniendo a la fuente y rompiéndose con demasiada frecuencia para lo que la
economía del momento podía soportar. Algunos quedaban simplemente “foquinaos”,
“esfoquinaos” o ‘desboquinados’, es decir, rotos sólo por la boca. Otros,
quedaban mancos de un asa. Otros, hechos tiestos, si no había posibilidad de que
algún gitano de Zurgena los lañara haciendo uso de aquellas rudimentarias
taladradoras que eran sus admirables husos de sube y baja, cuyas roturas cosían
las lañas o grapas artísticamente colocadas.
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El ferrocarril, un medio de transporte que nunca debimos perder. Estación de Zurgena...¡Cuántos recuerdos...! |
Cuando no se podían recomponer su
renovación y sustitución tendría lugar el lunes más próximo en la “plaza de los
tiestos” de Huércal, donde los albojenses los vendían nuevos transportados en el viejo autobús del
“Vaya-vaya”. Este mítico y romántico autobús efectuaba diversos viajes los
lunes entre Overa y Huércal, y era una especie de metro de gran ciudad para la
época, o vagón de tren de la India, con todo el espacio abarrotado de viajeros
y enseres, sobre cuyo techo iban los animales y bultos de diverso contenido,
destinados a la venta en el mercado. Allí se mezclaban los balidos de chotos y
corderos atados de las cuatro patas, con los espasmos y el cacareo de gallinas
y el silencio de los conejos, en busca de su hora final en la cazuela o en las
brasas.
© Salvador Navarro
Fernández
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