sábado, 16 de marzo de 2013

OVERA DEL SOL NACIENTE... Por Salvador Navarro Fernández



Aunque espesos nubarrones amenazan al Pago de Overa... tenemos que luchar por un futuro verde...

                             OVERA DEL SOL NACIENTE

                A la salida del sol,

           un mar verde de naranjos

           con perfume de azahar

           y brillantes rubios astros,

           recibía al jardinero

          de Overa, su agricultor,

          encaminándose al Pago.

                   
                 Antes de que desapareciera el Pago de Overa, la más rica huerta del Valle del Almanzora,  a causa de la expropiación de tierras hecha por la construcción del pantano de Cuevas, por la extracción masiva del agua de la “cubeta” para poner en regadío las plantaciones de la Ballabona y por la implantación lenta pero constante de un nuevo sistema de vida que alternaba el plan de empleo rural con el trabajo de temporada en la hostelería catalana,  junto con la desaparición de las generaciones de mayor edad y la incorporación de muchos jóvenes a estudios medios y superiores, la explotación de la tierra era la actividad casi exclusiva de mis paisanos.

                El frutal indiscutiblemente hegemónico en las riberas del río era el naranjo, hoy lamentablemente trasladado a los cerros y llanuras circundantes.

                Era tal el arraigo de este cultivo, que los árboles con frecuencia alcanzaban  alturas  de tres o cuatro metros y abarcaban  un diámetro de sombra  en su ramaje al mediodía de verano de otros cuatro o cinco, prueba evidente del cuidado recibido de sus dueños.  La  edad de las plantaciones en muchos casos superaba el medio siglo, y seguían produciendo abundante cosecha, beneficio y disfrute paisajístico aquellos aromáticos huertos.





Muchas variedades de naranja se han utilizado en Overa
            Predominó,  en ellos la variedad de naranja imperial, fina de piel, dulce y sabrosa como ninguna, durante muchos años, aunque también había naranjas  “castellanas”,  “grano de oro” ,  “cañaduz”  y  “sanguinas”;  esta última, muy escasa.

                Posteriormente se introdujeron variedades modernas: “Washington”, “Thomson”, “Nabel”, etc, en los últimos años de la dilatada vida del Pago.

                Estos formidables ejemplares de naranjo eran tratados con mimo en todas las labores  de su cultivo: la artística poda, el riego oportuno a manta, el injertado cuidadoso, las labores de cava honda a base de legón o azada catalana, luego motocultor; la recolección bulliciosa y las operaciones sofisticadas de desinfección de parásitos.





Sistemas de riegos heredados de los árabes...en pleno uso.
                En cuanto a esta última operación, era digno de ver cómo de uno en uno los árboles se vestían con una enorme lona que servía de envoltorio a modo de tienda de campaña circular o cápsula, mientras se fumigaba su interior con un producto plaguicida-insecticida fortísimo del tipo dicloro dimetil tricloro etano (DDT como ponía en los bidones), que acababa absolutamente con todo bicho viviente que habitara o accidentalmente se encontrara en el árbol en el momento de la fumigación. Eran los técnicos especialistas los valencianos Gerardo y Darby, su hermano, huéspedes durante unos meses al año de la Venta, regentada por Gregoria y José Antonio cuya hija menor era la belleza del lugar y pretendida de huéspedes, como el primero mencionado, hábil conductor de la única vespa que en la época circulaba, conducida por su dueño con una sola mano y el otro brazo escayolado en cabestrillo.

Venta que fue punto obligado de parada del “Correo”, vehículo del servicio de viajeros y correspondencia prestado primeramente por una especie de hispánica diligencia, el “altomóvil”  de gasógeno; luego, por primitivos autocares de aceite pesado (gas - oil) o gasolina; y finalmente, por modernos vehículos de línea de viajeros: los Setra Seida, de estilo y factura alemana, confortables sin llegar al aire acondicionado ni el video, pero sí con radio y elegantes cortinas correderas termoaislantes que proporcionaban, además, intimidad al envidiado pasajero.

 

           El mismo establecimiento hostelero que vio pasar a infinidad de personajes, curiosos unos, admirables o inquietantes, otros, y que fue lugar de contratación mercantil, básicamente de partidas de naranja, adquiridas y calculadas  “a voleo”, o por kilos. Pero también lugar de intercambio cultural entre  los visitantes y la población local, escenario de saltimbanquis,  titiriteros y otros artistas ambulantes; centro de información y difusión de noticias, y mentidero.

           Famosa Venta también por sus pipirranas, así como por alguna  broma del ventero que literalmente dio alguna vez gato por liebre en un sabrosísimo arroz.

           En ella tenía lugar la recogida de la correspondencia y su distribución a los críos que, habiendo esperado impacientes a la sombra del “árbol de la pimienta”  -falso pimentero-  divisaban el vehículo postal a la altura del esbelto puente Sopalmo o de la Venta  “El Chavo”, y corrían a ponerse cerca de Julio, el cartero, por si había carta para la familia o para los vecinos, en aquella especie de estafeta de Correos, evitándole así al funcionario el desplazamiento a los domicilios particulares, y convirtiéndose ellos, los infantes, en interinos empleados del servicio oficial. Salvo en los casos de  comunicación de giro postal, custodiada entonces, por el titular, el cartero.

A partir de inicios de los años 50, los bancales de narajos inundaron el pago de Overa... era el porvenir.


                Aquellos  naranjos de los que hablábamos, eran los mismos que en el mes de marzo se vestían de un manto blanco de flores entre hojas verdes y soles amarillos que ofrecían un paisaje y un aroma inigualables. Bajo su sombra se disfrutaba la paz y el bienestar próximo al éxtasis que debieron sentir nuestros primeros padres Adán y Eva en el Paraíso.

                La flor del naranjo, de aroma sin par,  era recogida en humildes pero limpísimos paños lavados en el Cañico o en alguna otra de las muchas fuentes que manaban en el río, y una vez seca, guardada en tarros de cristal, en tela limpia o papel, con la que se preparaba la mejor infusión tranquilizante que imaginarse pueda, indicadísima para reponerse del efecto anímico de noticias luctuosas, o sustos de cualquier tipo.

Las naranjas cortadas se transportaban en cajas de madera o a norre.


               La recolección de la cosecha o “corte de la naranja” se hacía en pleno invierno si no se había presentado la visita de alguna terrible helada que diera al traste con las expectativas del propietario del huerto, del arriesgado comprador de la cosecha y de los ocasionales jornaleros locales, dependientes en gran medida del éxito de la temporada. Si el clima era más o menos favorable, entonces la cuadrilla de hombres y mujeres, con sus capazos de pleita, alicates de corte, algún perigallo y cajas de madera, daba cuenta de la producción frutal cítrica durante los días, semanas o meses que durara la campaña, iniciando la jornada en las mañanas casi siempre con rocío,  si no escarcha, tras un rato de espera a que el sol disipara algo el efecto del frío sobre la humedad reinante en los agrillos del huerto.

             Esos mismos naranjos, en invernales noches de poniente eran lugar de atracción de cazadores provistos de un carburo o linterna, que sorprendían  a los pobres gorriones, verderones, chamaríes o zorzales durmiendo en las ramas exteriores entre las hojas, y que, sin tiempo para reaccionar al efecto deslumbrante del farol, caían atrapados en manos de su captor. Muertos y llevados en un saco, al día siguiente eran desplumados en algún rincón al sol, al resguardo del viento frío que soplaba desde la nevada cumbre de la Tetica de Bacares; luego,  fritos en aceite de la zona eran un bocado prohibido exquisito. La Guardia Civil del “Control”, establecido en el cruce de la Venta del Empalme vigilaba celosamente la captura y el tráfico de estas piezas cobradas con nocturnidad y deslumbramiento.


Décadas después la venta ambulante de narajas fue la forma de vida...

             Pero las naranjas de Overa tuvieron diferentes usos y destinos. Pues siendo el principal el consumo y comercialización de la jugosa, saludable  y bella fruta madura, los escolares las empleábamos también como pelota de fútbol en los recreos, cuando todavía estaban verdes.  No era fácil dominar aquel  balón, y más de uno arrancó alguna piedra del terreno de juego, en algún saque de esquina, de un puntapié.  Pero no importaba  si el resultado final era favorable. Es decir, si habíamos ganado por doce a cero. Tampoco eran despreciables las naranjas, como proyectiles,  en nuestras guerras primitivas infantiles.  A  fin de cuentas,  dejaban menos huella en el cuerpo del enemigo que las piedras.

Los naranjos cuidados con mimo han sido el modo de vida de Overa durante muchas décadas...


              Hubo también una época en la historia del Pago de Overa en la que se compraba y se vendía la “naranjilla”, fruto poco desarrollado que se desprende de forma natural del naranjo cuando éste considera que le sobra; y que,  recogida del suelo,  era envasada  y tratada fuera de la localidad para la producción de algún cosmético o remedio medicinal. Era admirable  ver la multitud de jóvenes recolectores bajo los naranjos en los meses de mayo y junio. Esta actividad era consentida por los dueños de las fincas, al contrario de lo que, tiempo atrás,  había pasado en relación con la hierba que se criaba en los bancales plantados de naranjos.  En ese caso se había perseguido a quien se atrevía a entrar sin permiso en propiedad ajena a coger hierba para alimentar a los cuatro animales domésticos que tuviera (un par de ovejas, conejos, el cerdo, …). El guarda jurado, provisto de un retaco o carabina y una chapa metálica dorada que le acreditaba como autoridad del Pago, vigilaba y se incautaba de la carga de hierba y tal vez de las naranjas que ocultaban las matas en el fondo del capazo. Estos  aguerridos vigilantes eran casi tan temidos por los furtivos como la  “pareja” de la Guardia Civil, famosa por su ejemplaridad y severidad  de la represión del delito,  en cuyas manos se ponía, a veces, al infractor.

                                                                                         Salvador Navarro Fernández.





Nuestro Castillo volverá a estar rodeado de naranjos y frondosa vegetación del Pago de Overa