viernes, 1 de marzo de 2013

OVERA: DE CINE Y DE CIRCO. Por Salvador Navarro



Cual hielo en Macondo... El circo y el cine fueron los acontecimientos mágicos de la Overa de mi niñez
                                             

OVERA: DE CINE Y DE CIRCO

           Hasta la llegada de la televisión a nuestra tierra en los años sesenta, los espectáculos públicos se centraban  en las fiestas patronales amenizadas por música en directo como la de la Orquesta Alas, cerveza sabrosísima refrigerada en un tonel entre  bloques de hielo traído de Garrucha en paja y  saco de arpillera, puestos de dulces, limón granizado y fiesta de pólvora; la Pascua aromatizada de olores de horno de leña,   “mantecaos”, rosquillos o “sobaos”, música de laúd y pandereta;  y los carnavales de cencerro y camisa empapada de vino tinto; amén de las ceremonias religiosas litúrgicas, de misa  o procesión.
Eran acontecimientos extraordinarios que movilizaban a todos.

        Sólo de manera esporádica pero recibidos como acontecimientos de orden superior, se produjeron otros que conmocionaban la vida rutinaria de la localidad, por lo especiales, ocasionales y raros que resultaban: Fueron  el cine y, con menor frecuencia, el circo.

        Los pases de cine no tenían periodicidad regular, pues dependían de  diversas circunstancias de distribución, disponibilidad de personal técnico, y otras.

        Una de las más célebres películas que se proyectaron en la terraza de verano de  “El Niño Antonio”  fue el musical romántico de Stanley Donen, ganadora de un óscar, Siete Novias para siete hermanos, de 1954, con Howard  Keel y Jane Powell, disfrutada y celebrada por el público de Overa muy pronto,  ya en 1955 ó 1956, en una enorme pantalla de algodón blanco colgada en lo alto de la pared, frente a un patio de “butacas” domésticas, es decir, sillas de anea o de madera, de desconocida procedencia, pero muy confortables, a juzgar por lo poco que la gente reparaba en ellas, ante la magia de las imágenes proyectadas;  y que en este caso no perdía detalle de las aventuras amorosas de la poblada y dinámica cabaña del bosque, extraño hogar de los siete hermanos, raptores de aquellas sabinas del  cercano pueblo. Todavía resuenan en mis oídos los ecos del tema central musical de la película, aquél  Uhm, uhm…¡uhm!, de Adolph  Deutsch,  acompasado al golpe de hacha de los hermanos leñadores cortando troncos con una agilidad y elegancia de bailarín, como era propio de un musical, de la Metro Goldwin Mayer.


       El proyector lanzaba su oscilante haz de luces y sombras, definiendo con más o menos nitidez las imágenes móviles de aquella copia, algo deteriorada de tanto desenrollar y enrollar el celuloide en las cajas redondas de lata para los rollos. La gente no pardeaba. Y perderse un sólo fotograma  suponía  un error imperdonable. ¿Has visto cuando el jovencillo…? Y si no lo habías visto porque el de delante se levantaba demasiado, ¡te habías perdido lo mejor!

       El precio de la entrada no lo recuerdo, pero, aunque no debía de ser muy elevado sino a tono con la escasa riqueza del lugar, el robusto almendro que crecía frente a la puerta de entrada del almacén de tratamiento y selección de naranja del que estamos hablando convertido en improvisada y pintoresca terraza de cine de verano,  en aquella ocasión, como en otras, se encontraba poblado de más de un felino trepador  como solían ser los mozos de la época, acostumbrados a subir a los naranjos, las higueras y cualquiera de los frutales de la huerta de Overa.   Desde aquella atalaya, el que conseguía encaramarse más rápida y prontamente, podía, no sin cierta dificultad y relativa comodidad, seguir la proyección y enterarse del argumento, en mayor o menor medida, gracias al espacio libre que dejaba en su parte superior la puerta de entrada,  al cerrarse.  En cualquier caso, podía presumir de haber gozado de una posición de espectador privilegiado. Pero si no habías conseguido localidad en el almendro, todavía podías intentarlo mirando por las rendijas de la puerta o por el ojo de la cerradura.

Uno de los primeros lugares de proyección: Los almacenes de Dª María


      Los comentarios al término de la proyección eran nulos o escasos, pues la gente, como no había ambigú ni cosa parecida se dedicaba más bien, mientras emprendía el camino de vuelta a su casa, a hablar de otros asuntos  o a reflexionar sobre aquel acontecimiento visual que se les ofrecía tan cerca de su hogar, impensable en muchas otras aldeas de una entidad parecida a la de Overa, y que todavía estaba organizando en su cabeza.

      Pusieron en esta “terraza” otras películas, pero no creo que llegaran a ser de la importancia de Siete novias para siete hermanos. Era en blanco y negro y tenía la magia que a la época le dio el blanco y negro. No hace mucho la he vuelto a ver, ya coloreada. Pero no es igual. Esta no la reconozco como la que yo disfruté. No tiene el duende de aquélla.

      Se instaló, al menos en una ocasión, en esta misma “sala” o almacén, un circo;  es difícil de entender cómo lo consiguieron, por el espacio que para tal espectáculo se exige, y tan exiguo, insuficiente a todas luces en este local. Pero se instaló.


Los payasos eran uno de los números centrales del espectáculo

 

       El programa incluía  funambulistas y trapecistas. En el número del artista sentado en una silla que se apoyaba sólo en dos puntos sobre un alambre tenso, el público exhaló un ¡Ay!’Hijo mío! a coro en el momento en que el joven protagonista simulaba caerse desde aquella altura, aunque finalmente quedaba sujeto por las puntas de los pies, al alambre. Una vez descubierto el truco, algunos se mostraban entre burlados y ofendidos. Lo cual no quiere decir que desearan que el muchacho se estrellara.

      En el número de magia, el tío Ginés no salía de su asombro  -ni el resto de espectadores-, cuando comprobó que del bolsillo de su inseparable chaqueta salía un enorme huevo de madera, así como otro, más pequeño,  que llevaba detrás de la oreja. El mago se los mostraba a la vez que le preguntaba  cómo había conseguido semejantes objetos aquella noche.

       No menos incredulidad produjo ver al faquir aquél que, cogiendo una bombilla eléctrica, la rompió y, echándose los trozos de cristal a la boca, los masticó tranquilamente y se los tragó. Las caras de la gente gesticulaban imaginándose el paso de aquellos fragmentos cortantes por la garganta del artista o por la suya propia.

      Al final del espectáculo se vendían infinidad de tiras de papel verde con números impresos en negro, y la gente, con más o menos seguridad de fortuna, las compraba ansiosa de que les tocara en la rifa la botella de coñac, trofeo que podría luego exhibir y consumir posteriormente con los amigos o, si no era tan desprendido, en familia.

      No fue el único circo que se instaló y dio espectáculo en aquellos años de escasez, en mi aldea.

      Estuvo en más de una ocasión también la troupe del  Melquíades de Cien años de soledad, en Macondo; digo…en Overa.

Cualquier número era acogido con un extraordinario regocijo y con la exclamación más entusiasta...


      Hacían el pasacalles, anunciándose a la manera tradicional, el músico autodidacta de la reluciente y escandalosa trompeta, el domador de la cabra Catalina, el del tambor tronante, y alternativamente, un mono diminuto  vivaracho o  un babuino o macaco leonino que causaba pavor entre los críos de menor edad.

      Era el anticipo de lo que podría contemplarse en la función que tendría lugar aquella tarde-noche en alguna era donde se instalaba la precaria carpa, pues como la compañía no disponía de equipo de iluminación, era necesario hacer uso de la luz natural.

     El programa de actuaciones, ya en sesión, incluía la participación de una pobre muchacha escuálida, contorsionista hasta lo imposible, algún aprendiz de payaso sin suficiente gracia;  un violinista como instrumentista exótico por el modo de sujetar el instrumento y por el sonido del mismo, desconocido en la localidad, así como unos saltos de los monos papiones o babuinos, sobre artistas de la “empresa” intercalados de algún joven voluntario que se prestara a servir de apoyo a los cuadrumanos.

    El número de la cabra escalando una estructura de madera  cada vez más estrecha y empinada, hasta colocar las cuatro pezuñas en un espacio no mayor que un tacón de zapato, al son de la trompeta ruidosa, era la actuación estelar, apoteósica, previa al paso entre el público de un recipiente, canastillo de caña, solicitando una aportación económica voluntaria, añadida al coste de la entrada al espectáculo, que ya se había abonado. Era escasa la cantidad de monedas que conseguía la contorsionista, encargada de hacer la colecta. Pero el espectáculo había merecido la pena, después de todo.

Cada uno tenía su número preferido. pero todos eran aplaudidos a rabiar..


      En el almacén de Doña María se proyectaban las películas en invierno. El local era espacioso e impresionante, sobre todo si te tocaba entrar ya iniciado el No-Do, noticiario de noticias oficiales: En solemne oscuridad te recibían las trompetas, pífanos y atabales, mientras un majestuoso palomo aterrizaba en medio de una luminosa plaza cerca de cuya fuente se movían insinuantes y garbosas  palomas,  antes de ver aquella magistral manoletina dada con un capote torero, y de que el caudillo y su séquito llegara  a inaugurar un pantano en algún río de España: “Su Excelencia el Jefe del Estado, acompañado de… inauguró…”. Y todo el mundo escuchaba con silencio reverencial.

        Puebla de Mujeres (comedia de los Álvarez Quintero) y  Juan Palomo (aventuras de un bandolero de la época de la invasión napoleónica), son dos de las películas más aplaudidas por el público de Overa. También alguna otra, de tema social con moraleja, donde el delincuente acababa con sus huesos entre rejas, tras intentar infructuosamente escapar a la persecución de la Guardia Civil. El tal Alberto, el protagonista, llamado insistentemente por su madre para que se entregara cuando se había encaramado a una reja,   era motivo de crítica de una espectadora asistente: ¡Vaya ración de Alberto…! Y en eso consistió su crítica a la película.

       Al terminar la proyección el público abandonaba la sala, con pocas ganas de hacerlo, tratando de reconocer a los asistentes que salían de las tinieblas cinematográficas.

       Los rigores del invierno de esta tierra por la noche, especialmente a la salida de aquel  local cerrado y más o menos caldeado por la permanencia durante dos horas de buen número de personas, sólo podían  combatirlos  los críos resguardándose bajo el chal de su madre; nada más cálido. Así podían llegar mitad dormidos mitad despiertos, a su casa, y de allí, a la cama hasta el día siguiente, soñando con los bandoleros.

                                             

                                                     Salvador Navarro Fernández