martes, 15 de enero de 2013

OVERA EN EL CORAZÓN 5. Por Baltasar García Cano


Baltasar García y su esposa.

         Mi trabajo me exige reflexionar antes de escribir para hacer un juicio más objetivo de la noticia que voy dar. Cuando lo que te piden es que hables de tus sentimientos y de tus recuerdos el asunto se complica. Me piden desde Overa Viva que cuente las emociones que genera en mí mi pueblo. No es fácil. Son más de 30 años. Ahora que tengo un hijo, muchas veces he pensado qué será lo primero que recuerde cuando sea mayor. Si pienso en mis recuerdo de la infancia todos pasan por Overa.

Los padres  de Baltasar. Su boda
        Para un niño que nació en una ciudad media, el Motril del año 1978 con más de 30.000 habitantes ir a Overa era viajar a otro mundo. Lo que ahora son 230 kilómetros por autovía, hasta hace 15 años eran más de 250 kilómetros de carretera convencional, lo que suponía cruzar pueblos y ciudades, y alargar el viaje, en algunas ocasión más de cuatro horas. Siempre el viaje tenía un premio, encontrar a la familia. Cuánto se echa de menos a la familia cuando está lejos. Cuando veo ahora a mi hijo jugar con sus abuelos siempre pienso que es un afortunado, porque yo disfruté de los míos pero nunca el tiempo deseado, sobre todo ahora que no están.

      
  Este verano, estaba aprovechando la tranquilidad de la noche para leer en la terraza de mi casa, cuando olí a jazmín. En ese momento cerré el libro y los ojos, y dejé correr mi imaginación. Mi cerebro empezó a hilvanar, aquel aroma con los recuerdos de la infancia, lo que me permitió 'viajar' hasta Overa, hasta la calle del Mediodía, a la puerta de mis abuelos. Y desde el jazmín de aquella puerta donde descubrí mi sombra, una noche de verano, comenzaron a salir ramas y raíces con recuerdos.


Los dientes de la burra...
        Además del 'descubrimiento' de mi sombra. Un hecho importante en mi vida porque nunca me ha dejado solo. Cuando te piden cuál es tu primer recuerdo el mío es ese. El de un niño huyendo de su sombra, por una calle aún si asfaltar y sin farolas. Dicen mis padres, que corría y lloraba como alma que lleva el diablo, intentando alejarme de aquel cerco oscuro.


        En aquella misma calle, un día de hace unos treinta años, yo le dí a mis padres uno de los momentos más amargos de su vida. Mi abuelo Felipe, el padre de mi padre, se encargaba de 'echar' de comer a los animales que mi prima Cati y el Julián tenían en un corral. Recuerdo que salió mi abuelo de la casa y yo le pregunté que adónde iba. Al decir que iba al corral yo quise ir con él. Éste me dijo que le pidiera permiso a mis padres para que lo supieran. Pero yo entré en la casa y para no perder tiempo salí corriendo tras sus pasos sin decirle nada a nadie. Yo tendría tres o cuatro años, a lo mejor menos. A los pocos minutos, mi hermana, mis padres o mi abuela me echarían de menos y ahí empezó la amargura. Me buscaron por acequias, en el 'bujero', por la Boquera y hasta por los pozos. Mientras, yo estaba jugando con conejos, gallinas y todas las cosas que guardaban en aquel corral donde también hacían todos los años la matanza.


El padre de Baltasar en la Campsa
        Cuando llegamos mi abuelo y yo, recuerdo que todos se tiraron a abrazarme desesperados. En aquel momento no entendí lo que pasaba. Supongo que lloré como ellos. Desde aquel momento jamás en mi vida he sentido frío. He vivido en Granada cinco años. He soportado temperaturas de hasta diez grados bajo cero allí, en Segovia, León, Teruel, París... incluso hice el Camino de Santiago en diciembre, pero jamás he sentido frío porque mi piel sigue impregnada por el calor que recibí en aquel abrazo.

        De niño pensaba que en Overa siempre había colegio. Y me sentía afortunado. Después descubrí que cuando íbamos al pueblo era cuando había fiestas locales en Motril, por eso en Overa mis primos sí tenían clase y mis tíos estaban trabajando.

        Overa es muy importante en mi vida. Tanto que cuando conocí a la que hoy es mi mujer, el primer viaje que hicimos juntos fue allí. No solo quería que conociera a mi familia. De la que me siento orgulloso. Si no porque quería que viera que era realidad un pueblo donde al atardecer se escuchaban pavos reales y las casas siempre tenían la puerta abierta.

        Con el tiempo, Overa era el lugar donde podías hacer las cosas que en una ciudad no se permitía. Cuando pienso que con menos de quince años ya pasábamos toda la noche de la fiesta sin dormir hasta que íbamos a comprar las barras de las primeras hornadas de la Julia. Eso no se podía hacer en Motril.

        En el colegio, cuando los niños dibujaban pollos asados, yo dibujaba gallinas empollando. Era la diferencia de haberse criado en un pueblo. A los que nos gusta los animales, tener la oportunidad de jugar con ellos y verlos incluso nacer era una experiencia única. Ahora los niños van a granjas escuela o parques de la naturaleza. Yo iba a Overa. De mis primero años es también esta foto donde me sorprendo al ver los dientes que tenía la burra de mi abuelo Felipe.

        El otro día se distribuía por facebook una foto con un lema que empezaba así “los primos son los primeros amigos que conocemos” y es verdad. Cuando Ana María se pone en contacto conmigo para pedirme que escriba esto lo primero que pienso es que yo no tengo amigos en Overa. Tengo familia. Tengo primos. Tengo tíos. Y tengo la familia de mis padres, sus primos son los míos y sus tíos, los que quedan, también son los míos.

        Felipe, Diego José, Juani, Cristóbal, Pedro José, Javier, Isamari. Esos son mis amigos en Overa. Mis primos. Cuánto hemos vivido juntos. Muchas veces bromeo con la fecha en la que inventamos el botellón. Fue una noche, durante las fiestas de Overa. Recuerdo que compramos una botella de ginebra Larios, otra de Coca Cola, unos vasos y hielo. Y aquella noche de julio de 1989 o quizá de 1990 junto a una balsa inventamos el botellón.

Las balsas de Overa: Cuantas historias !!

VERANOS

        Las balsas. Las piscinas de los pobres. Esa era otra de las experiencias prohibidas en cualquier sitio menos en Overa. Qué veranos. Buscando qué balsa tenía nivel suficiente para darnos un chapuzón y acortar las largas tardes estivales. Allí era donde conocíamos a personas de fuera de la familia, aunque rastreando siempre salía algún lazo sanguíneo que nos relacionaba.

        En las tardes de verano, también nos refugiábamos en las cámaras, donde aparecían recuerdos de generaciones pasadas. Allí incluso 'cazábamos' avispas con escopetas de perdigones pero sin plomo, sólo con la fuerza del aire comprimido. 

        Un verano nos dio por 'coger' sandías.  Creo que el presunto delito ya habrá descrito. Cruzábamos la carretera, las cogíamos y nos íbamos a la balsa de Luis Alejo a comérnoslas a la luz de la Luna. Una noche, tuvimos que saltar la valla para huir no sé de qué pero sí recuerdo que me dejé parte de una camiseta en el espino.

        Pero tampoco olvido los años que vivimos en la playa. En Garrucha, en Villa Jarapa o en Terreros. Las noches en el Salmantino, con nuestros padres, nuestros primos y sus amigos. Jugando al billar, al tetris o al 'conejo de la suerte'... Son recuerdos.


EL DANDY

        Conforme pasaron los años, descubrimos otras experiencias. El dandy. Algún día habría que declararlo Bien de Interés Cultural. Lo que aquellos hermanos consiguieron para varias generaciones con la apertura de aquel 'disco pub' habría que agradecérselo de alguna forma. Qué buenas noches pasé allí. Hasta varias Nocheviejas. Junto a mis amigos, que como antes he dicho era mi familia.

        Siguiendo con el recuerdo, jamás olvidaré, y por si acaso lo dejó aquí reflejado, que mi hijo dio sus primeros pasos en Overa, en Los Navarros, en la casa de mi tía Isabel y mi tío José. Un hecho por fortuna grabado en vídeo con el que podremos 'torturarlo' cuando sea mayor.



La matanza un momento de trabajo y alegría en familia
LAS MATANZAS  

Tenía un recuerdo traumático de la matanza. Aquellos gemidos del 'chino' cuando estaba agonizando me persiguieron durante algunas pesadillas de niño. Pero luego te lo pasabas bien en varios días. Ahora que tengo la oportunidad que disfrutar todos los años de la matanza que hacen en la casa de mis tíos, lo vivo de otra forma. Este año, mi niño va por tercera vez a una matanza. Es algo que me gustaría que viviera. Algo difícil de explicar. Son días de mucho trabajo. Pero unos días en los que estás hombro con hombro con los tuyos. Algo que luego refieres con los amigos. Es más, de un año para otro me dejo unos días de vacaciones para la matanza.


LAS MERIENDAS

Otro recuerdo de infancia que por desgracia hace muchos años que no puedo rememorar. Por cuestiones primero de estudios y después de trabajo no puedo ir el domingo de Resurrección a Overa pero me quedan los recuerdos de las veces que sí pude disfrutar de las meriendas. Con la familia y sus amigos como refleja esta foto.


Por desgracia no puedo ir más de dos o tres veces al año a Overa. Tengo un trabajo que no me permite disfrutar de muchos fines de semana y en los días festivos suelo tener más trabajo aún. Pero cuando voy intento aprovechar el tiempo al máximo. Quedo con mis primos en el M'apetan. Aprovechamos para compartir impresiones. La vida nos va haciendo adultos a pasos agigantados. Cada vez con más complicaciones y responsabilidades pero así es la vida.

        Cuando me preguntan si me gustaría vivir en Overa tengo que pensármelo. Soy persona de ciudad. De gran ciudad. Pero cuando llegas a Overa todo cambia, el reloj no va tan rápido como de costumbre. El móvil suena con menos frecuencia y cada rincón es un recuerdo. En aquella esquina me caí el verano que aprendí a montar en bicicleta. Sentado en aquel caballón, junto a mi tío Perico un verano vi el cometa Halley. En ese río que se ha llevado tantas vidas a lo largo de la historia de la cuenca del Almanzora, mi primo Felipe me enseñó a montar en moto... Son tantos recuerdos. Recuerdos de aquellas Navidades, todas las navidades de mis primeros quince años los pasamos en Overa, en las que mi abuelo Pepe cogía la guitarra o el laúd, y en torno a la lumbre de la chimenea y arropado por el calor de sus seis nietos arrancaba algún villancico de los recuerdos de su juventud. Eso es lo que nos hace humanos.

La recompensa del trabajo en familia
        He conocido muchos pueblos, lugares con un patrimonio riquísimo. Overa no tiene una catedral, ni una colegiata, pero tiene una iglesia donde se casaron mis abuelos, y mis padres y mis tíos, y mis primos. Donde me bautizaron y donde hice la comunión.Y donde también hemos tenido que despedir a nuestros seres queridos. Eso es lo que da valor al patrimonio cultural. Lo que han vivido sus muros.
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* Baltasar García Cano (Motril (Granada), 1978)
 Nací en Motril, Granada, un miércoles santo de 1978, por eso me gusta tanto la luna llena, porque nací en la primera de aquella primavera. Aunque toda mi familia es de Overa, mi padre cuando volvió de Alemania, 1974, entró en la CAMPSA en la Instalación Portuaria de Motril en 1975 y allí se prejubiló hace unos cuantos años.
            Soy licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Granada y tengo una máster en Informática por la UCLA, aunque desde los 18 años estoy ligado al mundo del periodismo. He trabajado y trabajo en prensa, radio, televisión y medios digitales. En la actualidad, trabajo en un semanario local, Mucho Deporte, soy corresponsal de la agencia de noticias Europa Press y también trabajo en la Radio Televisión Pública de Motril, donde formo parte de los servicios informativos y tengo un programa de radio, Canciones de Película, dedicado a las bandas sonoras del cine que puede escucharse por internet a través de ivoox.com.