sábado, 8 de noviembre de 2014

NUESTROS CAMINOS* DE OVERA, SON CALLES Y CARRETERAS.Por Salvador Navarro Fernández


           Yo voy soñando caminos

           de la tarde. ¡Las colinas

           doradas, los verdes pinos,

           las polvorientas encinas!...

           ¿Adónde el camino irá?

                                                    Antonio Machado.

 

 

                       Caminos de tierra seca

                       una y otra vez andados

                       hacia aquella Noria Vieja

                       con los cántaros a un lado

                       y otro de burra lenta

                       sobre ella bien montados

                       cada uno en su aguadera,

                       o con haces apretados

                       de recién cortada hierba

                       bajo los huertos segados,

                       de alfalfa, o trigo, cibera,

                       en la grupa bien atados,

                       al fresco son de la acequia

                       que pasaba suspirando

                       mientras nuestra burra experta,

                       en el tórrido verano

                       en busca de sombra fresca

                       me llevaba cabalgando

                       agachada la cabeza.

                       ¡Caminos de nuestra tierra!

                       No fuisteis festoneados

                       como largas alamedas

                       de árboles centenarios,

                       de olmos, chopos o nogueras,

                       pero ofrecisteis, a cambio,

                        sombra de vuestras higueras

                        y regalasteis lanzando,

                        maduros de las palmeras,

                        dátiles que iban sonando

                        en el suelo como piedras.

                       Adiós, caminos de antaño,

                       ahora hechos carreteras,

                       que me llevaron a tantos

                       lugares de nuestra aldea

                       lo mismo en días de trabajo

                       que en los que fueron de fiesta;

                       con el sudor del verano

                       o con la ropa más nueva.



                                                                    Salvador Navarro

 

        El tiempo transcurría a un ritmo natural: Cada día tenía un tramo de luz solar que ocupaba la jornada laboral normal fuera del domicilio: “De sol, a sol”. Y un tiempo de estancia en la casa, que no había de ser forzosamente de descanso, porque siempre había algo que hacer hasta la hora de comer o de dormir. Unas veces era cuidar los animales de la propia casa “echándoles de comer”, otras, ocuparse en faenas como el desgranado de panizo,  desperfollar, el cuidado o aliño de la matanza, o la implantación de remiendos en la ropa desgastada por el uso en el trabajo, el lavado, o la preparación de la comida del día siguiente, tareas comúnmente realizadas por las mujeres; o asistir a clases particulares con el maestro ambulante de turno (el más habitual era Bartolomé “el de las rentas” ‘¿Cuántos hectólitros de vino caben en un depósito…’), cosa reservada a los muchachos, los varones, que habían empleado el día en distintas ocupaciones como jornaleros, y querían aprender “las cuatro reglas”.

         Pero el tiempo también se medía en distancias. Quiero decir, que se apreciaba lo que se tardaba en ir de un punto a otro de nuestra extensa localidad de población diseminada, por lo largo o corto que pareciera el camino que, normalmente se recorría a pie, o, como máximo, en burra o mula. Los caminos fueron unidades de medida del tiempo en mi tierra en aquella época. Y recorrer aquellos caminos era algo más que andar. Era empaparse de los aromas del campo, de los múltiples sonidos de los animales libres o en cautividad, del canto de las aves en la mañana temprano o al atardecer, del cri-cri de los grillos en las noches de verano, del paisaje cambiando constantemente a lo largo del día según la luz solar, del rumor del agua de las acequias o del río, con todo lo cual, el tiempo en ellos se adensaba, no acababa, lo inundaba todo hasta que llegábamos al punto de destino. Pero fueron bastante más que eso. Nuestros caminos eran también lugar de cruce diario y de intercambio de estados de ánimo, de situaciones familiares, de planes para el futuro o kiosco con gaceta de noticias, buenas o luctuosas, entre la gente del lugar. En los caminos de Overa se guardan como en un archivo sin legajos, miles  de conversaciones de jóvenes, de  personas mayores, de juegos de niños; de saludos diarios y despedidas,  de “hastaluegos”, de “adiós” y “anda con Dios”, que ahora apenas se han convertido en un repetido golpe de claxon del conductor del coche pasando a mayor velocidad de la aconsejable, si es que te reconoce y decide saludarte.

     Fueron el lugar de tránsito de los ganados que iban, conducidos por pastores de fuera, protegidas las piernas con unas calzas especiales y unas abarcas sólidamente construidas, con destino al mercado de ganado de Huércal, procedentes de la  zona de Lubrín, Uleila o Sorbas, levantando una enorme polvareda cuando no había llovido, que era casi siempre.  

 

     El Camino Real cruzaba el río por el “Paraor”, atravesando La Concepción, o La Ermita, que es lo mismo, viniendo desde Lubrín, y por eso se llama también así, “de Lubrín”; transcurría por la “Cañá El Santo” y el barrio del Pilar, en dirección a Huércal, ya por los barrancos, hasta llegar a la Ermitica que hubo en el pequeño puerto o paso de la Cuesta Alta. De nuevo allí tornaba a la vereda montuosa encaminándose al pueblo por la zona donde estuvo tradicionalmente instalado el Mercado del Ganado.

     El camino del Carril enlazaba uno y otro lado del río: “Aquel Lao” y “Este Lao” -pero nunca se dijo “Este Lao”. Sí se dijo “la gente La Ermita” o “la gente Aquel Lao”-. Y discurría este camino entre huertos de naranjos, que era el frutal de Overa, uniendo La Ermita con Los Menas, aparte de dar acceso al Pago de Los Menas.

     De aquel camino verde que iba a la ermita, la cimbra se ha secado, las rojas amapolas están marchitas y realmente lloran de pena las margaritas y trigueras, que adornaban sus orillas.

    El camino de Santa Bárbara, hoy anulado por obra y gracia de quienes diseñaron la autovía A7 o del Mediterráneo, y que no supimos reivindicar a tiempo los vecinos, unía Santa Bárbara con El Pilar y con el Pago o huerta, enlazando con el camino de Lubrín, a la altura de Las Delicias, cortijo bordeado de granados “agrijierros”, o sea, con granadas agrias a más no poder (con sabor de agua ferruginosa), que servían de valla disuasora de visitas no permitidas por el dueño del huerto que protegían.
 

    En la “Cañá El Santo”, el camino de Lubrín conectaba con el de las Veintunas, que llevaba al barrio de Los Menas, ahora convertido en paseo o avenida peatonal y de carreras, a la vez, aunque suene extraño.

    La cuesta de Los Martínez en el camino de Los Navarros y la era del mismo nombre primero, arrancaba en Los Menas y llevaba hasta Los Navarros dicho.

    Los caminos transversales o cercanos a los mencionados,  tenían denominaciones por tramos de proximidad a dueños de fincas rústicas o urbanas reconocibles, o puntos fundamentales en la vida cotidiana local, como el camino del horno, el de la Venta, el del cementerio, el del Cañico, el de doña María, el de Miguel Giménez – antes, “de Pepe”-, el del Barrio, etc.

    El camino de Chupí, el de La Santa o Inmaculada o Virgen del Río, y el de la Sierrecica, eran ya especiales y su trazado apenas tocaba los núcleos urbanos, sino que discurría por los aledaños de nuestra localidad, incluso por el río, prácticamente todo, como en el caso del de La Santa, pasando por el molino de Jorge, o por la Pajarilla, yendo hacia la Sierrecica, por las veredas entre tomillos, “carramoños”, “bojalagas”, albaidas, atochas y alguna que otra ruda, o las escasas y amargas tueras.

           “Caminito que el tiempo ha borrado,

           que, juntos, un día nos viste pasar;

            he venido por última vez,

            he venido a contarte mi mal”.

                                         Gabino Coria

                            ………………………………

 

         *Sobre la palabra “camino” dice el diccionario de la Real Academia que viene del celtolatin camminus.

    En latin “caminus” es chimenea.

     Yo hago esta reflexión lingüística:

 "Cheminer" es caminar  (además de "marcher"), en francés.

 "Chemin" es camino, en francés.

           Cuando todavía no había vehículos rápidos como ahora, ni los caminos y carreteras estaban tan bien trazados, los caminantes se orientaban, para dirigirse de una ciudad a otra, por las viviendas que hubiera cerca del camino, entre otras razones, por si necesitaban ser socorridos en algo. Las viviendas habitualmente se distinguían a distancia, por el humo que salía de aquellos cañones apuntados hacia el cielo que eran las que acabarían llamándose cheminées (chimeneas), porque indicaban de algún modo el chemin, el camino, cercano a los hogares, que podían prestar socorro, en caso necesario, a los caminantes.

   “Camas”, en catalán son piernas.

  “Caminar” es, en castellano, mover las piernas para desplazarse sobre el suelo, con los pies.

 

  “Caminante” es el que va andando por el camino.

  “Camión” y “camioneta”, son vehículos que van por el “camino”

          “Camino” está más próximo a “cama” –pierna- que a otra cosa.

           Y “cama” debió de existir antes que “camino”

          Acerca de la palabra “calle” dice el Diccionario de la Real Academia: Del latin callis, senda, camino. Y caliga es calzado del soldado romano, como Calígula sería “sandalilla”.

    Calleja y Calella serían “callecilla”, en castellano y en catalán, respectivamente.

    Por otra parte, “cal” en latin es calx calcis. “Calzar” es protegerse los pies para caminar.

   Calzada es calle (o camino) preparada (a veces con cal en los muros que la refuerzan) para caminar por ella andando o con carruajes, carros, y carretas, y de este último término vendría “carretera”, que es “calle” para el tránsito de carretas.

   Así, los caminos se han hecho hoy carreteras, para que circulen las más modernas carretas: los cómodos, rápidos, confortables, soberbios y peligrosos coches.





                         
 ORACIÓN A SANTA BÁRBARA


Santa Bárbara, patrona

de tormentas y mineros

libra a esta aldea,  protectora,

de  las iras de los cielos.

Siempre fuiste defensora

de tus fieles; los que fueron

como a madre bondadosa,

a pedirte que en tu seno

los acogieras mimosa,

resguardados de los truenos,

y de rayos, victoriosa.

El peñón nos trajo en sueños 

a  tu iglesia, triunfadora

que salvó de males fieros

de lluvia amenazadora

 de riadas grandes, pequeños

barrancos de tierra roja,

de barros sucios, de cienos,

de gotas frías que destrozan

huertas y campos, sin freno,

torrenciales aguas locas,

blandas, finas, en invierno,

en verano turbulentas

que de par en par abrieron

en pavorosas tormentas

el azul puro del cielo.



Sólo una vez te dejaste,

nadie sabe la razón,

vencer por aquel desastre,

por aquel diluvio atroz,

que de aquella obra de arte

a los de Overa privó:

Puente de hierro, estandarte

que el río nos arrebató

y enterró en alguna parte.

¡Por él llora el corazón!

Santa Bárbara ¿qué hiciste?

¿dónde fue tu protección?

¿por qué así nos olvidaste?

¿no merecíamos tu amor?

Si fue así, bien te cobraste

la deuda, de tu deudor,

pues de Overa era la parte,

el puente aquel, la mayor;

era la más destacable,

la que lucía mejor,

frente a tu iglesia, admirable,

como en el mundo no hay dos,

y ahora es irrecuperable;

hoy son ruinas al sol

los ojos del puente amable

paseo sobre el río Almanzor

que amenizaba las tardes

del verano en el calor;

y ni la poza “don Jaime”

ni el Cañico bebedor

tienen ya agua que nos sacie

nuestra sed con su frescor.

 Flumen Superbo entrañable,

que, de nombres, tienes dos,

río nuestro, río padre,

río de nuestra ilusión:

río seco, Dios te salve

de algún desastre mayor:

Del olvido de los hombres

carentes de corazón,

de amor a la tierra ausentes,

que andan persiguiendo al sol

en las noches de relente.



                                              © Salvador Navarro Fernández