domingo, 23 de marzo de 2014

AQUELLAS ERAS DE TRILLAR. Por Salvador Navarro Fernández


ERA ERA Y SE VOLVIÓ BANCAL

                (dicho popular de Overa)


No te esparranches, María

En el filo de la era,

Que el demonio del polvillo

Se cuela por donde quiera.

                                  (canción popular canaria)
“En las siembras y en la trilla, el amor con zancadilla”.(refrán popular)
  Las eras de mi aldea, fueron centros de actividad permanente en verano con ocasión de la trilla, y lo eran también de contacto social entre niños y jóvenes al caer la tarde y entrar la noche. Era la parva nuestro centro de diversión, cuando todavía no había pasado por encima de ella demasiadas veces la yunta de mulas o de burras, primero, pisando simplemente los haces deshechos sobre la era; después,  arrastrando el cilindro a las órdenes del auriga, el  conductor, que luego cambiaba al trillo para triturar el tallo del trigo o la cebada hasta separar el grano de la paja. Era el lugar ideal donde tumbarse o darse volteretas los críos, individualmente o por parejas  (si la voltereta era por parejas, se echaba uno boca arriba con las palmas de las manos abiertas en las que apoyaba el otro sus pies mientras el primero aplicaba los propios en el abdomen del compañero, que era lanzado con toda la fuerza que el “tumbado” podía acumular con ambas piernas).
“El que en verano no trilla, en invierno no come” (Refrán popular)
     En las eras perdíamos el tiempo soberanamente, llenándonos  del polvo que desprendían los tallos de trigo fragmentados en paja. Aquella, era nuestra televisión sin tele en la casa, nuestro cine sin cine, nuestras clases de sociales y de naturales al aire libre, auténticamente libre. Allí nacieron o reforzaron las infantiles amistades. Las acequias fueron nuestros cuartos de baño casi naturales, el mejor modo de aliviarnos del picor de la parva y del sudor provocado por el juego sin límite de tiempo ni de esfuerzo, hasta que éramos llamados por los familiares porque ya era hora de comer o de recogerse.
Aventando
      La era del tío Nicolás, la era del nicho (así llamada porque alguna vez hubo junto a ella la imagen de algún santo en un mínimo templete u hornacina), la era del horno, la era del Pérez, la de Alonso Gaspar, la de La Ermita, la de los Molinas, la era del Niño Antonio, la de la Iglesia, la era de los Martínez, fueron escenario de faenas agrícolas hoy desaparecidas a causa, primero de la mecanización y después por el cambio de cultivos experimentado en Overa.
      Fueron lugar de socialización de nuestra infancia, de juegos, amistades y enemistades. Lugar de colaboración vecinal a la hora de traer los haces, trillar, dar la vuelta a la parva, aventar, recoger el grano, llenar de paja tosiendo por el polvo y acarrear los “jarpiles” (contenedores para paja, hechos de guita de esparto)  hasta el pajar, subirlos con ayuda de la garrucha si la risa y las bromas lo permitían, y vaciarlos. Lugar de adiestramiento y diversión de los críos a quienes se permitía iniciarse en la conducción de la yunta dando vueltas a la era.   

       Tó aquer que trilla con burras,

       y a tó comer, come bollo,

       se muere y se va a la gloria

        qu’aquí pasó er purgatorio.

                                 (del acervo popular murciano)
El carro fue durante siglos el vehículo ideal para llevar la mies a la era.
   Hoy, convertidas en plazas de recreo y ocio permanente, sólo con las gafas del recuerdo se puede divisar al mozo diestro arreando a las mulas subido en el trillo, látigo en mano, levemente inclinado hacia el centro de la era para mantener el equilibrio en contra de la fuerza centrífuga que el giro originaba, y se puede percibir con el olfato de la imaginación el olor a mies recién triturada, semejante al penetrante perfume de Heno de Pravia. Los hijos de Alonso eran los más ágiles aurigas de las eras, conduciendo a una velocidad endiablada las mulas en la trilla.

“En agosto trilla el perezoso”. (refrán popular)
    Como las casas no disponían de sistema de refrigeración, no era raro que el dueño de la parva pasara la noche o parte de ella durmiendo en la  era, evitando así también algún posible hurto de mies, que de todo pasaba, matando dos pájaros de un tiro.
    La operación de volver la parva para que los tallos fueran triturados por igual, se hacía con las horcas, sacadas de ramas de almez, secas, con forma de tenedor, de poco peso y muy prácticas para este menester. En todas las casas había al menos una, pues tenían distintas utilidades
    Para aventar se usaban conjuntamente la horca y la pala, ligeramente curva, de madera de pino o de chopo, lanzando el grano y la paja juntos al aire cuando soplaba el viento de poniente suficientemente fuerte como para que se separaran ambos elementos.
     Las granzas se separaban del grano sirviéndose del garbillo, después de aventar para separar la paja basta, y eliminar elementos desechables.
     Darle la vuelta a la parva, subirse en el trillo cuando ya estaba bastante trillada, echarse en ella, tan suave y espaciosa, fue una delicia en aquellas tardes de julio y de agosto, sin más preocupación que agotar todas las posibilidades de diversión que tan sencillo escenario ofrecía.
Diego Díaz, su nieta Flor y la burra Lucera años 60. La Concepción (Overa)
       Bueno…, sencillo… sólo en apariencia. Conocíamos al milímetro todos los rincones de nuestra aldea, todas las piedras en que no tropezar, todas las plantas espinosas que evitar, todos los aromas que aspirar de las múltiples especies de la flora local, cultivada o silvestre: Mancaperros de terribles y dolorosos pinchazos (eran los abrojos o aperi oculus ¡abre- ojo! Porque si no te fijas, ya verás qué dolor cuando los pises),  similares a los de los cardos borriqueros, si bien de las pencas de estos se  podía obtener exiguo pero sabroso alimento lejanamente parecido al de las alcachofas o alcauciles, de sus pétalos punzantes;  malvas, de frutos en forma de panecillos comestibles; los  lastones de tierno tallo sabroso; siscas de filo cortante pero útiles en el secado de tomates y pimientos al sol;
 
Nicotiana glauca o tabaco moruno; en Overa, gandul, por lo inconsistente de su tronco

“gandules” de hoja curativa tras separarles la película que cubría la parte más carnosa de ella; las cañas, que criaban una especie de apósito dentro de cada canuto, usados para cortar la hemorragia, la sangre de las frecuentes heridas muchas veces causadas al fabricar nuestras escopetas de caña, tan certeras en su disparo; 
 
Escopeta de caña. Uno de los juguetes preferidos de nuestra niñez.
Cañares de Overa a la orilla de la boquera.

amapolas rojinegras de simple adorno ornamental; las campanillas violeta de dulce néctar,  inflables para hacer explotar en la frente de las amigas; aborrecibles amores de hortelano productores de escozor irritante;
Agrillos (oxalis pes capra)
                                
agrillos o vinagretas para chupar; aromática como ninguna, la alábega o albahaca de los caballones en los bancales de alfalfa; tallos de cebada tierna, comestibles y dulces; manzanilla de penetrante aroma y poderoso efecto relajante; hinojos imposibles de distinguir entre el sabor y el olor, a cuál mejor; habas de inigualable sabor,  y sus hijas las tabillas ( ¿o eran sus madres?) en ensalada de aceite sal y vinagre, divinos; rábanos ineludibles en las migas; los pimientos olorosos cuando tiernos, sabrosísimos en el guiso si estaban asados y secos; tomates de mucha miel, 
Divinos tomates  (solanum lycopersicum)
sazonados y con inconfundible perfume azufrado, de ensalada inigualable en temporada y de sabia combinación con el pimiento asado, si, fuera de época y deshidratado al sol, se añadía a la cazuela, aunque no llevara carne, sino las simples patatas;  picantes ajos, cebollas y guindillas; los incomparables pimientos “coloraos” fritos para las migas con tajadas y caldo, o como ingrediente condimentario en el “ajo colorao”, al igual que las alcachofas sabrosas; el oloroso tomillo de la Sierrecica; el laurel aromático; la hierbabuena eterna;  la alzabara de soberbio penacho floral, el pitón con sus manotas, festoneada de espinas y rematada en punzón para el bordado en el bastidor de las mozas; el malísimo y venenoso baladre (más malo que…) conocido por su presunción estética, por sus baladronadas;  y sus parientes las tueras, más amargas que ellas mismas, etcétera.
Nerium oleander, adelfa; entre nosotros, baladre. 
     Los frutales eran la base de la alimentación vegetal junto a las verduras, más que la legumbres, aunque no eran infrecuentes los ricos garbanzos combinados con acelgas o hinojos en el potaje, o las habichuelas, las foráneas, sencillas judías.  Desde los humildes aunque dulces higos y brevas hasta la jugosa naranja; los carnosos albaricoques; las ácidas peretas y mandarinas; las almibaradas peras, las rojísimas granadas; los ásperos membrillos y níspolas; las tintas moras; las exquisitas nueces y los “alatones” cerbataneros; las viníferas  uvas o los soberbios racimos del parral para la mesa, y las ciruelas; las olivas de echar o para aceite; Los dulces dátiles derribados a pedradas de las altísimas celestes palmeras; las brevas de San Juan y los higos pajareros. Y el pan. ¡Qué pan, Dios mío!, hecho en la casa y cocido semanalmente en el horno de leña…!

Opuntia ficus indica, chumbera; para nosotros, palera. Hoy atacada por una plaga muy dañina.
     Igualmente los higos chumbos de comer con mesura; los melones puros  y los melones de agua (…pepitas negras)  de refrescar en el río el día de la Virgen de Agosto, en familia. No hay manjar más bueno.
Melón de agua  (sindiyya, citrullus vulgaris), pepitas negras.
     Y la compota y mermelada de membrillo o de ciruelas; y la miel de Overa. ¿Se puede pedir más? Sí: el pan de higo con almendras y piñones, y las guindas y uvas escarchadas que hacía mi Madre Lola, mi abuela.
    Otras veces, las menos, las eras eran espacio habilitado para desperfollar el maíz panizo (‘panizo’ porque podía sustituir al trigo en su función de materia prima del pan, aunque en forma de tortas). Pero esta operación de limpieza de la panocha (‘panocha’ está también etimológicamente vinculada a ‘pan’) solía hacerse en un local techado, igual que la operación de desgranar panizo. En este caso, si no había máquina de desgranar haciendo girar manualmente un disco con topecillos dentro de una especie de embudo, se frotaban dos mazorcas entre sí, o un gabilondo contra una panocha por desgranar, o se empleaba la “armará”, instrumento utilizado en el cosido de la pleita. A veces aparecía un grano de color rojo entre todos los demás de color amarillo, que permitía al descubridor dar un pellizco a la moza que eligiera. Como premio mayor, si aparecía la totalidad de la panocha de color rojo, el que la encontraba tenía derecho a besos en lugar de pellizcos.
  Panochas con premio
Gabilondos
          
El grano de maíz se empleaba básicamente para alimentar animales: las gallinas ponedoras y los pollos para sacrificarlos en las fiestas, o venderlos; los cerdos para engordarlos con vistas a la matanza anual de diciembre…, pero también era frecuente su uso en harina para migas, las de “harina panizo”, aunque no tanto como las de harina de trigo. En esta época del año las muelas, las ruedas del molino de Jorge, en el Río, trabajaban intensivamente.  
   Panocha emperifollada
     La perfolla (‘peri folia’, hojas de alrededor de la panocha, como moza emperifollada) de menor dureza, las más delicadas y suaves servían para rellenar humildes colchones, de uso más o menos frecuente en mi aldea, cuando la cantidad de lana disponible no era suficiente para tal fin. Dormir sobre un colchón de aquel relleno preparaba a uno para las penalidades de la vida futura si entre las hojas se había incluído algún “pizorro” o base del cáliz de la flor de la que formaban parte los pétalos o perfolla, y la mazorca su fruto, y se te hincaba en el costado durante el sueño. Pero… ¡qué   digo! ¡Ojalá volvieran esos tiempos y sus incomodidades…!
La antigua Era del Horno en Los Menas (Overa), hoy convertida en plaza pública.
      Hoy en la “Plaza Mayor” o era de la Iglesia, o en las otras “plazas” de Overa, están ausentes las “bestias” que nos distrajeron y entretuvieron tanto; no golpean "las pezuñas" de las mulas ni hay sudor en su piel del esfuerzo realizado; no se ve la burra vieja de antaño trillar a ritmo lento al grito de “¡arre, burra!” lanzado por el vecino, impaciente por terminar la faena. Hay gente viendo la tele en las casas aledañas a la era o a la “plaza”. ¡Qué sea buena la cosecha!
Aquellas eras de trillar. Fondo documental de Overa Viva


                                                                                     © Salvador Navarro Fernández

           * VÍDEO DE LA VIDA EN LA ERMITA DE LA CONCEPCIÓN A FINALES DE LOS AÑOS 50. MAGNÍFICAS IMAGENES DE TODO EL PROCESO DE LA TRILLA EN LA ERA DE LA PUERTA DE LA ERMITA... Pulsa este enlace: http://youtu.be/wwNottF6_gM?t=3m

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