miércoles, 1 de febrero de 2012

El Equilibrista: EL HOMBRE QUE NO QUERÍA SOÑAR por Juan Pardo Valera

     ¿Doctor me podría recetar unas pastillas para  dejar de soñar?
Aquella insólita petición sacó, al  rutinario médico de la seguridad social, de su adormilamiento  mañanero.
          ¿Y se puede saber por qué no quiere usted seguir soñando? Le preguntó no muy seguro de que la petición de aquel hombre de edad mediana, rostro curtido por el sol y ademanes agradables, no fuera una equivocación…


Soñaba con bonitos juguetes que le hacían a sus ojos brillar...

      Pues mire doctor, para mí desde los más lejanos recuerdos, soñar ha sido mi salvavidas particular. De niño, como mi familia era muy pobre, nunca recibía regalos y, a veces, ni cenaba. Pero mis sueños con bonitos juguetes, con trozos de pastel… Hacían que por la mañana un brillo especial acompañara a mis ojos.  Después, en la juventud, el trabajo en el viejo taller de mi padre, remendando zapatos de gentes tan pobres como nosotros, no me permitió estudiar ni disfrutar de las ilusiones de la edad. Pero mis sueños con ser un gran deportista o un famoso cantante o artista, me hicieron sobrellevar aquellos años.       

         Pero fue de adulto cuando los sueños se hicieron más insistentes e irrenunciables... Cuando  llegaron los hijos a mi hogar y no tenía para darles lo más indispensable: educación, vestido, comida… entonces sólo los sueños me salvaron de cometer un disparate. Y tenía hermosos sueños de vivir en un país donde se me respetará por mi trabajo, donde se me apreciara por mi amabilidad, donde las leyes  protegieran a mi familia, donde todos los hombres fuéramos iguales ante la ley, con las mismas oportunidades… Y siempre ese lugar estaba al otro lado del mar, podía ver sus montañas en los claros días de febrero. Un país desde donde me llegaban hermosas noticias de familiares y conocidos. Y si, cruce el mar en patera, sin papeles; ¡A nado lo hubiera hecho!
      
     ¡Qué feliz fui los primeros meses!. Mis conocidos de aquí me hablaban sin parar de las grandes posibilidades de Europa, de este nuevo mundo para mí: democracia, protección social, derechos humanos, poder estudiar, tener papeles, ser libre…
      
     Pero fueron pasando los años y todo aquello cada vez era más lejano, más difícil: Cada vez éramos más ajenos, más extraños, menos queridos. Soy hombre trabajador, respetuoso de la ley, cordial con la gente… Pero me acusan de la delincuencia, de la suciedad, de la falta de trabajo, de la perdida de tranquilidad de pueblos y ciudades…Por la calle me insultan con miradas despectivas, con gestos de desconfianza. Las autoridades me pueden encarcelar dieciocho meses por no tener papeles…

Ahora no quiero soñar, no puedo...



      Si, ahora no quiero soñar, no puedo. Se me hace insufrible despertarme por la mañana y comprobar que todo es mentira, todo fantasías de un pobre emigrante, que, a pesar de sus sueños,  si son fundamentales la raza, el color de la piel, la religión, la procedencia… Esto es aún peor que no tener sueños; han convertido mis sueños en una gran mentira, y ¿qué persona puede aguantar vivir en  la mentira permanente?. Así es doctor que recéteme alguna pastilla que me quite los sueños, así podré seguir luchando por mi familia, por mis hijos; sin perder la razón.

       El doctor se encogió de hombros y escribió en su talonario de recetas el nombre del genérico de un conocido antidepresivo e hizo sonar el timbre: ¡el siguiente!

En memoria de mi abuelo Diego Valera, hombre honrado, trabajador y legal, que entró dos veces sin papeles en Estados Unidos a trabajar para lograr un futuro mejor para su familia. A mis padres y a todos los emigrantes de Overa que llevaron y llevan su tierra en lo más profundo de su corazón.